INDICE ANALÍTICO DE ARTÍCULOS

En la pestaña anterior BLOG DE INTERÉS/ACTUALIDAD encontrarás otros artículos interesantes no relacionados con el RAMIRO.
En la pestaña de arriba INDICE ANALÍTICO DE ARTÍCULOS encontrarás los más de 425 posts publicados anteriormente, con indicación de temas, fechas y autores.
También encontrarás en la barra lateral derecha un ÍNDICE DE ARTÍCULOS PUBLICADOS indexados por fechas.


DON ANTONIO MAGARIÑOS

Esta página está dedicada a la memoria de Don Antonio. Se incorporarán en ella el editorial y los artículos que se le dedicaron en el DECADA de 1966, así como cualquier otra información y artículos que entre todos podamos aportar. Los artículos en cabecera son los más modernos y van bajando hasta los de 1.966.


HOMENAJE A DON ANTONIO MAGARIÑOS

...por Francisco Villarín 18-5-2016

Siempre me he preguntado si la familia de don Antonio
albergaría celos de las obras a las que dedicaba su tiempo
y sobre todo por su total entrega a las mismas, 
y lo hago desde mi condición de beneficiario de una de sus predilectas: el Nocturno. Y también siempre me respondo negativamente, con la certeza de que a sus hijos les inculcaría los valores que el irradiaba, como la generosidad, el respeto y amor por los demás, el espíritu de sacrificio, y todos aquellos que muchos tuvimos la suerte de poder constatar por las diversas vinculaciones personales.



Conocí a don Antonio como presidente del Tribunal que habría de juzgarme para el Ingreso en el Nocturno en septiembre de 1956, a mis quince años, cuando llevaba más de uno de actividad laboral, con la esperanza de acceder al Bachillerato, en una inédita oportunidad que se ofrecía  a quienes trabajaban. El encontrarme admitido y con la condición de alumno oficial de primer curso, me permitió desde mi ensoñación adolescente vislumbrar la posibilidad de que algún día podría llegar a la Universidad.
Los nuevos grupos de alumnos, de heterogénea edad,  comenzaron a inundar sus aulas y dar vida al Instituto en jornadas de tarde y noche. Pronto  se pudo constatar la omnipresencia de D. Antonio, el aprecio y admiración que le suscitábamos por nuestra dual condición de trabajadores y estudiantes, que nos abrumaba,  junto a la recomendación y exigencia por la labor bien hecha, y con la disponibilidad y la ayuda que precisáramos. Esta preocupación e interés sinceros hizo que pronto se granjeara el respeto y consideración de todos, a quien teníamos como un referente a seguir.
También tenía una gran preocupación por el prestigio académico del Nocturno, en que no se degradara y no se convirtiera en una Academia de enseñanza libre, lugar que aconsejaba para los que pretendían quemar etapas y realizar más de un curso en un año. Y esta constante exigencia, la complementó apoyando diversas actividades extraescolares para  ampliar nuestra formación, a pesar de nuestras limitaciones de tiempo, en algunas de las cuales se alcanzaron altos niveles. Así, promovió la existencia de un equipo de baloncesto, apoyó el funcionamiento de un teatro de ensayo, alentó la existencia de tertulias literarias,  de un coro, de un cine club, y la edición de publicaciones y otras actividades más.
Pero en un momento, sobre el Nocturno planeó la sombra de una nueva política educativa, derivada de un cambio ministerial con algunos signos preocupantes, como la desaparición del latín,  compensado con el  incremento del dibujo lineal, en un evidente propósito de reconducir este flujo de alumnado hacia carreras técnicas de grado medio limitando el alcance del Centro al nivel Elemental, convirtiéndose así en un remedo de Instituto Laboral y dificultando el acceso directo a estudios superiores.
Ante esta situación alarmante, sobre todo para los que aspirábamos a llegar a la Universidad, especialmente en el  área de Letras,   D. Antonio se convirtió en nuestro  más firme valedor realizando infinitas gestiones a todos los niveles, logrando, indudablemente por su prestigio personal,  que se autorizara el acceso al Bachillerato Superior, condicionado a que se obtuviera un número mínimo de alumnos, con lo que, por su intervención, se consiguió abrir el camino hacia la meta soñada de los estudios superiores.
Superado este escollo para llegar a la Universidad, que ya se vislumbraba, veíamos las dificultades para encontrar Centros Superiores que hicieran factible el estudio con el trabajo, como acontecía en el Instituto. En esto como en todo D. Antonio fue nuestro paladín incansable para lograr la Enseñanza Universitaria Nocturna, cuyos fundamentos plasmó en un documento publicado en la Revista de Enseñanza Media.
No creo que las generaciones actuales, que felizmente gozan de una situación general más favorable, con un sistema educativo no discriminatorio y un factible acceso a la Universidad, libres también del largo secuestro temporal a que estábamos abocados por el servicio militar,  alcancen a  comprender las dificultades que tuvimos los pioneros del Nocturno, aunque afortunadamente siempre contamos con el aliento y apoyo de D. Antonio.
En la memoria de muchos está el recuerdo de un gran profesor, de un hombre excepcional y altruista, que se desvivió por ayudar en una labor social y educativa, de una manera efectiva y pragmática, y alejado de cantos de sirena demagógicos y falsos paternalismos.
Desde mi condición de antiguo alumno del Nocturno, con la satisfacción de haber logrado gran parte de los propósitos que me llevaron a él, quiero rendir homenaje a D. Antonio, quien influyó positivamente en mi vida y exteriorizar mi agradecimiento.


DICEN QUE SE HA MUERTO GARIBALDI

...por Miguel Angel Bufalá   18-5-2016

-Me he permitido la licencia de estar acompañado por este esqueleto con el que


quiero representar el que ahora en taller de reparacion sacaban los alumnos  y seguidores de los primeros años de la historia de nuestro equipo acudían a os partidos animando con el famoso grito de guerra de “DICEN QUE SE HA MUERTO GARIBALDI”. También presente en los partidos de profesores alumnos. Esqueleto que posiblemente me atemorizo cuando a los cuatro años mis hermanos mayores me llevaron a ver mi primer partido del Estudiantes.
-D. Antonio Magariños (me resulta imposible no citarle con el Don por delante) y Estudiantes forman un “binomio” indisoluble al compartir el mismo ADN.
-En estos días e incluso por las personas que me han precedido, se han dicho muchas cosas de este fantástico personaje con motivo de la conmemoración del cincuentenario de su fallecimiento, destacando especialmente a lo largo de su vida por su actividadeducativa y no solo en su vertiente docente con investigación y enseñanza de Latin y Griego, sino con algo intangible como fue elformar en educación y comportamiento a muchachos y jóvenes tanto a nivel individual como colectivo en unas edades en las que lo aprendido marcara en gran parte nuestra forma de ser en la madurez. Yo no disfrute de sus enseñanzas directamente en latín y griego por no estar en los cursos en que las impartía y por pertenecer a los denominados grupos de ciencias y ademas reconozco no haber sabido valorar entonces, la importante aportación para nuestra formación integral que nos da su conocimiento. Pero si me ayudo a comprender (con cierto grado de rebeldía propia de la edad) la necesidad de las normas para un mejor orden de la comunidad, con su ejercicio como “jefe de estudios”, controlando mas de 1.500 muchachos con un megáfono, un silbato, mirando un reloj o mandando una carta a la familia avisando de vacaciones forzosas por 3 días para el indisciplinado. Realmente eran otros tiempos ” in ello tempore" el criterio de aquellas familias, distinto al de las actuales.
-La aceptación a esta conducta de D. Antonio me hace recordar los aplausos por mas de 20 minutos de este recinto, lleno de alumnos, cuando terminaron sus palabras de agradecimiento a la entrega del “silbato de oro” concedido por los alumnos mayores.   
-Garibaldi nace en Niza (entonces italiana) en 1807 para ser uno de los principales líderes y artífices de la Unificación de Italia, junto con el rey de Cerdeña Víctor Manuel II y con la ayuda músical de Verdi. D. Antonio lo hace 100 años después y a sus 40 años funda el Club Estudiantes, para alumnos que con cierto talante rebelde deseaban practicar algo diferente al futbol y con la ayuda de otros profesores, de padres de jugadores y solicitando la colaboración del ministerio, para ir acondicionando los campos de tierra a alquitrán, colocación fija de canastas (antes las transportaban los jugadores), viajes, arbitrajes, etc. Desde entonces la identificación de Estudiantes con el Colegio-institutoRamiro de Maeztu es total.
-Desde su nacimiento en 1947 (año especial para mi por ser el de mi nacimiento y para el mundo por la aparición de la Vespa y darse al parecer la mejor cosecha de champan del siglo pasado), este Club ha intentado mantener algo que hoy parece en crisis, como es el caracterizarse por determinados principios y valores,todos positivos, naturales y sencillos como pueden ser la amistad y compañerismo, el trabajo en equipo, el dar mérito al esfuerzo, el respeto al contrario, a los técnicos en su función educadora, a los árbitros, acompañantes de otros equipos, etc. A Saber ganar y perder, todo ello para mejorar de forma global, es decir, técnica y humanamente. Esto es lo que nosotros en Estudiantes creemos que es CRECER.
-Si hoy tenemos con la camiseta de Estudiantes y con apellidos de patrocinadores que ejercen mas de forma altruista como mecenas que con propósitos de retorno publicitario, a mas de 1.000 personas, participando de esta forma de ser, con equipos masculinos y femeninos, con capacidades distintas (psíquicas y motoras), como afectados del síndrome de Down, en silla de ruedas, etc. y de forma inclusiva es decir, con las mismas obligaciones y derechos para todos y si reconocemos que estamos donde estamos a pesar de las dificultades económicas, con el fenómeno del montón de arena (derrumbes al llegar a cierta altura pero ampliación de la base) y a pesar del descontento de algunos aficionados que futbolizados solo valoran los resultados deportivos, los logros, si los hay  se deben a la enorme cantidad de personas que de forma desinteresada han trabajado para seguir el camino de una persona con un comportamiento vital ejemplar como fue D.Antonio, destacado en  representación de todos ello a los posteriores presidentes (J. Hermida, A. Lopez, P. Dellmans, J. Moneo, A. Gonzalez-Varona, J.F. Garcia, F. Bermudez, J.Tejedor y el actual F.Galindo), a gestores como mi hermano Jose Pedro y Fernando Bernal fallecidos o el muy saludable actualmente Fernando Martinez Arroyo, junto a los también ya ausentes Manolo Cabido, Petra, Satur, Pedro de la cantina y el mayor seguidor de la cantera, Fernando Calvo y repito junto a otros muchos “voluntarios”.
-D.Antonio demostró una excepcional visión de futuro como demuestran sus vaticinios de crecimiento del Club (hay documentación), la integración con otras culturas y religiones como el practico al frente del internado Hispano-Marroquí y muy especialmente al Crear y dirigir los estudios nocturnos para personas que por sus condiciones económicas no podían estudiar el bachillerato, con lo que esto represento en algo hoy asumido como normal en nuestra sociedad como es la perseguida igualdad de oportunidades de todos los ciudadanos de este país.

-Por todo esto dicen y es posible que se ha muerto Garibaldi pero el estilo y el espíritu de D. Antonio debería estar cada día mas vivo y presente en nosotros y especialmente en nuestro ESTUDIANTES.


ANTONIO MAGARIÑOS

...por Juan Manuel Magariños Ramón  18-5-16 

Este texto fué leído por Pilar González Guzmán, esposa de Milé, quien no pudo asistir al acto de homenaje a su padre.

Hace medio siglo de aquel día. Estaba fuera, me localizaron, recorrí media Europa y lo encontré muerto. Nunca he llorado así.
Hace cincuenta años. Él vivió pocos más. Somos una familia de muerte fácil. Sólo dos hermanos de los siete que éramos, hemos llegado a los setenta años. Ninguno de nosotros conoció a sus abuelos, ni ninguno de sus nietos le conoció a él.


Antonio Magariños fue un profundo creyente, pero su ética era laica; él insistía en ello, quizá, entre otras razones, para distanciarse de aquel negro nacional-catolicismo, de tantos curas que, en expresión suya, no creían en dios.
Releyendo lo que hay escrito sobre su memoria en internet, entre una mayoría de cosas ciertas y halagadoras, aún pesan una serie de afirmaciones espúreas. Lo peor de todo parte del intento de apropiarse de su figura por una fundación llamada Francisco Franco. En su página Webb se afirma que Antonio Magariños militó en una FET y en unas JONS, lo que es absolutamente falso; como también lo es que estuviera en la cárcel y que en ella hubiera conocido a líderes de la ultraderecha como R. Ledesma y R. de Maeztu.  Así mismo es falsa  la afirmación de que viajó por diversos países latinoamericanos divulgando pedagogía alguna.
Lo que sí es verdad es que estuvo en 1940 en Alemania con una delegación del Ministerio de Educación Nacional, lo que ha dado pie a interpretaciones mal intencionadas.
Una de las razones de que lo enviaran en esa comisión oficial, pudo ser el hecho de que era uno de los catedráticos más jóvenes y brillantes del país. También estaba su conocimiento del alemán, que aprendió por su cuenta porque era la lengua de la mejor bibliografía sobre los clásicos griegos y latinos y en la que escribió Goethe su Fausto y Hölderlin sus poemas, por los que tanta debilidad sentía. Por último, quizá lo enviaran porque pensaban que tenía “que hacerse perdonar” su pasado reciente en el Instituto Escuela. De hecho, los principios pedagógicos de la Institución Libre de Enseñanza estuvieron siempre presentes en él, incluso años después, al enviar a sus dos hijas y un hijo al colegio Estudio,  heredero de la tradición institucionista.
Se conserva todavía un pequeño cuaderno, una especie de diario íntimo, que escribió durante esa estancia en Alemania para su entonces novia, Pilar Ramón, la que después fue la madre de sus siete hijos. En dicho diario, entre múltiples declaraciones de amor, hay juicios muy duros sobre la Alemania nazi y su política educativa. En él describe, literalmente:
“…Una noche odiosa e infernal pasada entre borrachos: los directivos de la enseñanza del Partido… ¡Qué asco!... es un pueblo bárbaro o por lo menos, el partido que lo dirige. En tales manos se haya la educación en Alemania…”
Recuerdo cómo hablaba sobre lo que supuso la victoria franquista, que le hizo plantearse qué podía hacer él para ayudar a la parte más viva y con más capacidad  de cambio de aquella sociedad, los jóvenes. Y a ello dedicó su vida, incluso renunciando a un futuro de investigador ya iniciado.

Es bastante asombroso que se conserve viva la memoria de alguien muerto hace cincuenta años, cuando las razones de su persistencia no son ni actos heroicos, ni espectaculares famas literarias, artísticas, deportivas o similares, sino a una labor delicada, cotidiana e interpersonal. Una memoria a la vez frágil y sólida, como el propio Antonio Magariños. Un hombre que huyó siempre de toda clase de glorias, fastos y oropeles y de quien estoy orgulloso de ser hijo.



SEMBLANZA REMITIDA POR ALVARO MARTÍNEZ NOVILLO CON MOTIVO DEL 50 ANIVERSARIO EL 6-5-2016


Si no supiéramos determinados detalles de su biografía, e intuyéramos otros más profundos de su personalidad, resultaría paradójico que una persona con un perfil académico tan universitario como don Antonio Magariños, decidiese consagrar su laboriosa vida a los alumnos de bachillerato, cuando él, apenas cumplidos los veintitrés años, ya había accedido a una plaza de profesor ayudante de don Miguel de Unamuno en la Universidad de Salamanca.

No es un misterio que don Antonio había decidido consagrar su vida para evitar que se repitieran los terribles hechos que condicionaron la vida de los españoles de su generación. Estaba firmemente convencido que era en la enseñanza media donde mejor se podían educar los jóvenes espíritus en los valores humanos. Y no sólo a los jóvenes, porque no se puede entender su entrega total al instituto sin pensar en el nocturno pensado para trabajadores que buscaban en el estudio una vida mejor.

A punto de abandonar ya el Ramiro, Magariños nos explicó, con cierta viveza, a los de “letras”, cómo Virgilio retrataba sin falso heroísmo a quienes habían participado en el dilatado asedio de Troya: “Fracti belli fatisque repulsi tot iam labentibus annis” –“Cansados de la guerra y rechazados por los hados, después de transcurridos tantos años”-, porque  Antonio había conocido aquello que el poeta narraba.

Cuentan que Unamuno recordaba a sus alumnos que la palabra “disciplina” procedía de la latina “discipulina”, explicándoles que la disciplina no era algo que acabase en sí misma, sino que era un medio necesario para poder atender al maestro y así alcanzar el conocimiento que les brindaba. En este sentido debemos interpretar el continuado esfuerzo de Magariños en inculcarnos un sentido de responsabilidad.


Pero no fue sólo su figura la que nos influyó, sino también la de sus hijos, nuestros compañeros y amigos, cuyo recuerdo no consigue borrar el tiempo.



TEXTO LEIDO EN EL HOMENAJE A DON ANTONIO

... Por JOAQUÍN DE LA INFIESTA  20-4-2.016

Nuestro compañero de la promoción de 1.961, Joaquín de la Infiesta leyó este texto en la Misa del Espíritu Santo del pasado día 4 en homenaje a Don Antonio. Le agradecemos que nos haya hecho partícipes de su escrito y nos permita publicarlo para mayor honra y memoria de don Antonio Magariños, nuestro sembrador, y reconocimiento de sus frutos.


Salió el sembrador a sembrar su semilla. Exiit, qui seminat, seminare semen suum. ἐξῆλθεν ὁ σπείρων τοῦ σπεῖραι τὸν σπόρον αὐτοῦ. 


Así, en latín y griego, hacia1931, salió D. Antonio a sembrar su semilla, a los 24 años, en la cátedra de D. Miguel de Unamuno.

Para nosotros el sembrador salió a sembrar su semilla unos años más tarde, exactamente en Octubre de 1939, cuando vino trasladado a Madrid, para hacerse cargo enseguida de la Jefatura de Estudios del nuevo Instituto, nacido sobre las ruinas del Instituto Escuela. Le quedaban poco más de 26 años de vida y todavía tenía miles de semillas por sembrar.

No había que perder ni un minuto. Por eso D. Antonio salía muy temprano todos los días de su vida a sembrar su semilla.

El milagro que hoy recordamos, del que hemos sido testigos y por el que hoy estamos aquí reunidos, es que todas las semillas que D. Antonio fue esparciendo en su relativamente corta vida (59 años) han dado frutos. Las que picotearon las aves del cielo fueron las que volaron con nuestro sueños y esperanzas de juventud, casi todos irrealizables e irrealizados, pero que llenan de recuerdos nuestros años en el Ramiro. Las que cayeron en la tierra seca y árida del campo de fútbol dieron lugar a formaciones patrióticas o persecuciones inauditas de un balón furtivo, que casi nunca era el nuestro: vivencias que siempre recordaremos con una sonrisa de nostalgia. Las que se quedaron en el duro asfalto de las canchas de baloncesto fueron las que nos enardecieron de entusiasmo anotador y también nos enseñaron los primeros insultos. Las que terminaron en la tierra buena de nuestro corazón  fueron las que han sustentado nuestra vida, las que hoy nos han traído aquí. Sin olvidar, desde luego, a su propia numerosa familia, plagada de educadores y profesores, que han dejado su buena semilla en tantas ciudades de España.

Todo esto es lo que fue sembrando D. Antonio, con un pito, un reloj, un megáfono y muchísima vocación docente, además de mucho sentido común, como únicas herramientas. Disciplina, constancia, cumplimiento del deber, sinceridad, trabajo en equipo, respeto al contrario.

Por los frutos los conoceréis. Sus obras son sus testigos: el día a día del cuidado de su familia, de sus más de 1500 alumnos del diurno, el nocturno, el internado, el Estudiantes, y tantas otras.

Probablemente para los miles de alumnos que han pasado por las aulas del Ramiro después de nosotros, y que no conocieron a D. Antonio, Magariños no sea más que el nombre de un polideportivo o del café o el centro médico que se alojan en él. Sin embargo para nosotros debe ser, no ya una leyenda, sino sobre todo una persona que dio su vida por nosotros para enseñarnos a mejor conducir la nuestra.


En este espíritu hoy nos reunimos en esta Iglesia del Espíritu Santo, la del Consejo, la del Ramiro, la de D. Antonio, la nuestra. Y lo hacemos en un acto, que a él le hubiera llegado al alma, y en el que todos, cada uno desde sus creencias y desde su experiencia de vida, vamos a recordar a D. Antonio, en el 50º aniversario de su fallecimiento tal día como hoy, y con él a todos los profesores que nos acompañaron, nos aguantaron nos enseñaron y nos quisieron en ese periodo tan importante de nuestras vidas. Y también, claro, a los compañeros de entonces que ya no están entre nosotros.

LOS PRIMEROS HUÉRFANOS DE DON ANTONIO, SEIS AÑOS ANTES DE SU MUERTE FÍSICA

...Por José Luis Cerdán 8-4-2016


Empezaba el curso 1960-61, primero en que D. Antonio no ejercía de Jefe de Estudios después de una década.

En los años anteriores, primero, segundo y tercero de bachiller, habíamos estado encuadrados en cinco clases, a saber: A, B, C, D, E con unos 45 alumnos por clase aproximadamente.

No se sabe si sabe si por órdenes superiores (el proceso de admisión de estudiantes por aquella época, carecía de la transparencia necesaria) o por torpeza de la Secretaría del centro, se tuvo que formar la clase F con veintitantos alumnos en situación de overbooking, dado que no había aula reglamentaria para alojarlos.

La sublime solución consistió en que los alumnos del grupo A que habían tenido la mala pata de elegir inglés como lengua extranjera (la pérfida Albión) integraran la citada nueva clase y proceder a alojarlos en el segundo espacio más grande del Instituto después del Teatro y que estaba contiguo a éste (existían espacios más adecuados infrautilizados permanentemente como la Sala de Música o el Museo Religioso).

Los problemas empezaron cuando las temperaturas en dicho espacio empezaron a bajar de 15º. Comenzó a formarse un sentimiento colectivo de discriminación por razón de elección de lengua extranjera que desembocó después de las protestas reglamentarias no atendidas, en la negativa de los implicados, a la vuelta de las vacaciones de Navidad, a entrar a clase en tanto no se habilitara un aula con una temperatura adecuada. Debo constatar que en un plazo razonable, fueron atendidas nuestras reivindicaciones y creo que dejamos sin despacho al Padre Granda..

Lo importante de este episodio que algunos compañeros lo considerarán como una “chiquillada”, es que los que tomamos parte en él, aprendimos (algo que no se enseñaba en nuestros planes de estudios de entonces) que las protestas colectivas por discriminaciones injustas pueden cambiar las cosas no sin correr un riesgo, que en este caso dado los tiempos que corrían, podría haber sido la expulsión colectiva del Instituto.



ACTOS EN EL CEMENTERIO DE LA ALMUDENA EN MEMORIA DE DON ANTONIO

Nuestro compañero Paco González, de la promoción de 1.965, nos permite reproducir este artículo que han publicado en el blog de esta citada promoción: 

http://ramirodemaeztu1965.blogspot.com.es/


...Por Paco González 8-4-2016


Cementerio de la Almudena, 4 de abril de 2016



Nosotros ya sabíamos que cincuenta años pasan rápido. Teníamos lo suficientemente próxima la fecha de nuestra celebración en el Ramiro como para olvidar algo que, en cualquier caso, resulta obvio a medida que avanza la vida.
Sin embargo, creo que ninguno éramos del todo conscientes de la cercanía de las dos fechas: la del final del Ramiro y el de don Antonio Magariños.
Hablo, claro, en sentido figurado, pues ni uno ni otro han terminado más que en su contacto directo con una experiencia vital (la nuestra), que nos marcó de forma tan notable.
Don Antonio y el Ramiro estaban (están) indisolublemente unidos. Fue nuestra promoción la última que salió del Instituto estando él y, aunque parezca muy fuerte decirlo, todo aquello que habíamos vivido durante tantos años (algunos doce o trece) ya nunca volvería a ser igual. Ese binomio que parecía eterno, se deshizo.
La tumba de don Antonio Magariños en el cementerio de Nuestra Señora de la Almudena

























No quisimos saber lo que pasó después. Volver pronto era como regresar a un lugar en el que nunca habíamos estado. Las casualidades, a veces, condicionan muchos aspectos de la vida.
Cuando don Antonio murió dejó huérfano al Ramiro. Y ayer, 4 de abril de 2016, se cumplieron cincuenta años de aquel tremendo suceso.
Su corazón estaba agotado por el inmenso ritmo al que había sido sometido por quien creía en la bondad, la honradez, la entrega y la justicia por encima de cualquier otra cosa. Incluso por encima de su propia salud. Don Antonio Magariños lo entregó todo, nos lo entregó todo.

Álvaro Martínez-Novillo reflexiona, próximo a don Antonio








Llovía. Llovía mucho en una mañana de abril en la que parecía que don Antonio, desde su privilegiada posición sobre las nubes, quería renunciar al imprescindible acto de agradecimiento de sus discípulos. Ya sabemos que él nunca quiso distinciones ni honores. No los necesitaba. Los llevaba dentro, eran una parte sustancial de su patrimonio como hombre bueno y justo. Pero allí estuvieron sus alumnos. El honor era para quienes tuvieron la suerte de poder estar con él, junto a su tumba, en la que también descansan sus padres y su esposa, doña Pilar.
Manolo Gómez protege de la lluvia la lectura de Francisco Brändle
Fueron momentos de especial emoción.
Martín Almagro, hermano mayor de nuestro compañero de curso, pronunció unas intensas palabras que todos hicimos nuestras por su verdad y profundo sentimiento. Luego fue Javier Mendoza quien habló, incluyendo en su emotivo discurso unas poéticas reflexiones de Antonio Machado, muy apropiadas al momento y de gran belleza en sí mismas.
Francisco Brändle fue el responsable, con su entrañable buen hacer habitual, de la expresión religiosa de un instante que permanecerá imborrable en la memoria de todos los asistentes.

Martín Almagro nos habla, emocionado, de la 'auctoritas' (prestigio y sabiduría) de don Antonio



El director del Instituto (Jesús Almaraz) y la secretaria (Cristina Domínguez) estuvieron presentes y ella fue quien depositó un ramo de flores sobre la lápida. Junto a estas flores, Javier Mendoza tuvo el bonito detalle de colocar una camiseta de nuestra promoción y el listado completo de cuantos formamos parte de ella, con lo que bien podemos decir que todos hemos estado presentes. Una bufanda del Estudiantes completó el conjunto de lo ofrecido simbólicamente.

Javier Mendoza y Felipe Samarán (59), detrás, la secretaria del Instituto












Antes de terminar el acto, se leyó el contenido de un 'Sobre y Carta' que los alumnos de don Antonio habíamos escrito a sus padres y que, asimismo, fue entregado junto con todo lo demás.
No tenemos el texto de Martín Almagro, pero sí los otros dos, que reproducimos a continuación.
Lo que dijo Javier Mendoza frente a la tumba de don Antonio:



Hablando con Dios de don Antonio,  lo apropiado es escuchar, y si hay que decir, decir poco y bueno.



Y de hacerlo, hacerlo con palabras veraces, sencillas, esenciales. Lo intento, escuchando lo que me sopla Antonio Machado, que está hablando de Giner de los Rios, su maestro, al recordarle.



Me dice: 

–No sé, amigos, mas cantar no puedo, que se ha dormido la voz en mi garganta y tiene el corazón un salmo quedo, que ya solo reza el corazón, no canta.



No es verdad del todo, pues si se fue hace cincuenta años, pensamos que se nos fue hacia la luz. Jamás creeremos en su muerte, que solo pasan para siempre los  muertos y las sombras y no es el caso.



Don Antonio fue un hombre incapaz de mentir e incapaz de callar la verdad, nunca pretendía herir o denigrar al prójimo, sino mejorarle. Carecía de vanidades, pero no de orgullo. Era austero, sencillo. Convencido de ser, desdeñaba el aparentar. Era un místico, pero no contemplativo y extático, sino laborioso y activo. Tenía el alma fundadora de Teresa de Ávila y de Íñigo de Loyola, y se adueñaba de los espíritus, los nuestros, por la libertad y el amor. ¿Qué imán invisible tiene su alma, tan fuerte y tan pura, que todavía atrae y de qué manera?. Creyó en la ciencia estimulando el alma, para que lo enseñado y aprendido fuera pensado y vivido. No una rama, o una flor... o una fruta, sino una semilla que ha de germinar, florecer y madurar en las almas. Porque pensaba y actuaba así, hizo tantos maestros como discípulos tuvo.

Sí, el corazón reza, pero tiene motivos para cantar y lo hace, un tanto desgarrado, pero lo hace.

Vuelvo a Machado que habla a Dios así:
–Señor, me cansa la vida, tengo la garganta ronca de gritar sobre los mares, la voz de la mar me asorda. Señor, me cansa la vida y el universo me ahoga. Señor, me dejaste solo, solo con el mar a solas. O tú o yo, jugando estamos al escondite, Señor, o la voz con que te llamo, ¿es tu voz? Por todas partes te busco sin encontrarte jamás, y en todas partes te encuentro, solo por irte a buscar.

Y yo digo ahora:
–Señor, gracias por don Antonio y encuéntranos, como hiciste con él.

Javier Mendoza lee ante la tumba de don Antonio

El 'Sobre y Carta' dirigido a los padres de don Antonio dice así:

Querido don Antonio:

Sus alumnos nos vemos hoy obligados a romper con una inveterada costumbre del Instituto y, esta vez, somos nosotros quienes escribimos un ‘Sobre y Carta’.

Va dirigido, como es lo habitual, a sus padres, don Manuel Magariños y doña Ignacia García, quienes comparten morada con usted bajo esta blanca lápida. Pero, quebrando otra norma de los viejos tiempos del Ramiro, incluimos también, como destinataria, a su esposa, doña Pilar Ramón, que tanta responsabilidad tiene en todo lo que usted hizo por nosotros.

En este ‘Sobre y Carta’ que les enviamos, contamos a sus padres (quienes se ausentaron de este mundo sin llegar a saber que su hijo se convertiría en el alma de la más notable institución de enseñanza media de España) que él fue, precisamente, quien nos enseñó, con su ejemplo, a apreciar el valor de la palabra y de la razón como armas supremas en la lucha por la justicia. Y que las dos están muy por encima de cualquier otro método con el que se busque el reconocimiento de la autoridad o la virtud. Una autoridad y una virtud que, lo sabemos por experiencia, en unos son innatas y, en la mayoría, usurpadas en su origen y adulteradas en su aplicación.

Nosotros, sus alumnos, somos unos privilegiados, don Antonio. Por eso estamos aquí. Porque usted nos dio, con absoluta generosidad y gran sabiduría (sin exigir, a cambio, nada más que el aprecio por la dignidad, el respeto y la lealtad), tantas cosas buenas que hoy, en esta mañana de primavera, tras medio siglo echando de menos su presencia y sus enseñanzas, hemos querido venir a recordar juntos estos versos del poeta latino Horacio que, sin duda, fueron escritos, premonitoriamente, para usted:

Integer vitae scelerisque purus
non eget Mauris iaculis neque arcu
nec veneratis gavida sagittis…
Sin dardos ni azagaya va seguro
el hombre justo y bueno
que, libre de culpa y de maldad ajeno,
mantiene su fervor íntegro y puro...

Su fervor por todos nosotros, don Antonio. Y su fervor por la honradez y la verdad.
Reciba eternamente nuestro infinito cariño,

Los alumnos del Ramiro de Maeztu

Paco González leyendo el 'Sobre y Carta' dirigido a los señores Magariños






A nuestra promoción, por las circunstancias que hemos comentado más arriba, le correspondía tomar la iniciativa del homenaje a don Antonio Magariños y ha sido una enorme satisfacción comprobar el cariño con el que todos han respondido a nuestra propuesta. Les damos las gracias por hacerlo, mientras insistimos (nunca nos cansaremos de hacerlo) en reiterar un infinito agradecimiento hacia quien fue el gran maestro de cuantos pasamos por aquel Ramiro de Maeztu que tanto queremos.

Más de treinta discípulos de don Antonio, de varias promociones del Ramiro, estuvieron en la Almudena













CELEBRACIONES EN HONOR DE DON ANTONIO MAGARIÑOS EN EL 50 ANIVERSARIO DE SU FALLECIMIENTO   


...Por Manolo Rincón. 5-4-2016

El día 4 de abril de 2.016 amaneció lluvioso en Madrid. Muchos ex alumnos del Ramiro teníamos ese día bien señalado en la agenda. Nuestro querido Jefe de Estudios había fallecido 50 años atrás confortado con los santos sacramentos que el Padre Granda, Director Espiritual del Instituto le administró.

Un grupo de antiguos alumnos, a los cuales hay que agradecer su disposición y su buen hacer, habían preparado dos actos solemnes para esta ocasión.

En primer lugar, en el Cementerio de la Almudena se le ofreció un homenaje floral. Previamente dos integrantes de la Promoción 65 habían reconstruido su tumba en este cementerio, otro gran detalle de generosidad y amor a la figura de D. Antonio, que les honra.
El mal tiempo no impidió que nos concentrásemos 35 personas a las 12 para escuchar las lecturas que se hicieron sobre nuestro Jefe de Estudios y dejar un ramo de flores en su tumba, junto una bufanda del Estudiantes y una camiseta del Ramiro. Acto muy emotivo para todos los asistentes. Hay que agradecer al actual Director y a la Secretaria del Instituto su asistencia al Acto. Recordamos a aquel hombre singular que tanto cariño y dedicación ofreció al Instituto a lo largo de los 26 años que estuvo trabajando en él y que tan firmes valores supo infundirnos.





Por la tarde a las 7 y media, un nutrido grupo de personas nos dimos cita en la Iglesia del Espíritu Santo.

Muchos recuerdos nos trae esa maravillosa Iglesia: El Padre Granda, el Padre Cuellar, el Padre Gabino, el Padre Mindán, el Padre Ignacio… todos nos administraron allí los sacramentos y dirigieron las distintas celebraciones religiosas en los años que allí pasamos. Pero también el reencuentro con antiguos compañeros que han acudido masivamente al Acto de recuerdo a nuestro Maestro, en muchos aspectos de la vida, D. Antonio.

La ceremonia la oficiaron dos sacerdotes, antiguos alumnos. Las oraciones, más una pequeña semblanza las ofrecimos antiguos alumnos. Los oficiantes recordaron a D. Antonio, su generosa entrega y el poder de convocatoria que tenía cincuenta años después.








Una ceremonia cargada de emoción, amor y recuerdo al Profesor desaparecido.

El Coro Aldebarán nos ofreció unas delicadas interpretaciones entre las que se ha de destacar el Ave María de Schubert.

Terminamos la celebración con una interpretación en el magnífico órgano de la Iglesia, de la Tocata y Fuga de Juan Sebastián Bach, que me recordó al Padre Ignacio.

Se repartieron copias del recordatorio original del funeral que se celebró a su muerte.

Creo que desde donde esté D. Antonio habrá visto que su sacrificio no fue en vano y que sus enseñanzas han calado en la mayoría de los que fuimos alumnos suyos. Sus semillas germinaron y dieron abundante fruto.

Como recuerdo personal me viene su imagen a las 12 del medio día finalizado el recreo, cuando en muchas ocasiones nos dirigía la breve oración del ángelus en su querido Latín.

“Oremus: Gratiam tuam quæsumus, Domine, mentibus nostris infunde; ut qui, angelo nuntiante, Christi Filii tui Incarnationem cognovimus, per passionem eius et crucem, ad resurrectionis gloriam perducamur.

Per eumdem Christum Dominum nostrum. Amen”.

Descanse en paz.




EN MEMORIA DE DON ANTONIO

...Por ALFONSO ANDÉRIZ, 5-4-2016





"Hoy hace 50 años que acudí por ultima vez a casa de Don Antonio.
Más de una vez había estado allí antes, algunas pasando a merendar cuando Don Antonio Magariños entraba en la sala de estudios del "Hispanomarroqui" y me veía a mi cumpliendo el "castigo de 6 a 9" que me había impuesto a lo largo de esa semana por alguna falta, novillos, etc. en que me hubiera pescado. Y, tras merendar invitado (creo recordar unas veces  un pequeño bocadillo de queso con membrillo, otras de jamón de York o mortadela) me levantaba el castigo a la media hora del comienzo y me sugería que me portase mejor.  Alguna otra vez, cuando invitaba a  algunos alumnos al encontrárselos por el Ramiro jugando al baloncesto una tarde de domingo, esa vez sin el previo castigo del 6 a 9.
Pero ese día de hace 50 años del que escribo al principio, fui acompañando a compañeros antiguos alumnos del Ramiro, ya con la carrera terminada, a rendirle ante su capilla ardiente un emocionado homenaje lleno de tristeza y de gratitud por todo lo que había representado para nosotros y lo bien que nos había enseñado y educado."



Alfonso Andériz Cebrián, prom 1959 y 60.


EN EL 50 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE D. ANTONIO MAGARIÑOS


... Por Manolo Rincón.     4-4-2016




Hoy hace medio siglo que nos dejó para siempre un hombre comprometido con sus ideas, con sus alumnos, con su Instituto y con la disciplina, D. Antonio.

Por ello, como un sencillo homenaje, escribo estas líneas para recordarle y para que los que no le conocieron puedan saber algo más de él.

D. Antonio, como yo siempre le llamé, se me viene a la memoria como una persona muy seria, recta, trabajadora y que nunca deseaba ni homenajes o prebendas, ni distinciones.

Al recordarle, hay que enmarcarle en su época y así podemos comprender mejor cuál fue su filosofía vital. Pertenecía a esa clase de personas que siempre se guiaba por sus convicciones, que eran profundamente católicas, dado que su formación básica venía de los años pasados en el Seminario. En aquel entonces esta formación se veía como algo muy positivo para un educador.

A sus características personales, antes esbozadas, se unía su erudición en Latín y siendo ésta una asignatura básica en los planes de estudios de los años 40, no es de extrañar que se le reclamase para hacerse cargo de la Cátedra del Instituto.

La primera directiva del Centro apreció enseguida la disposición de D. Antonio hacia el trabajo, que era uno de los motores de su vida, por lo que le fue encargando distintos cometidos, diferentes a su actividad pedagógica en la Cátedra.

Primero ocuparse de la dirección del internado, donde pasó a vivir con su mujer, Dª Pilar y en el que nacieron sus hijos. Después, la Jefatura de Estudios del Instituto, cargo de gran relevancia en el equipo directivo.

D. Antonio asumió estos trabajos añadidos con gran vocación y dedicándoles tiempo de su vida personal sin regatear ni horas ni esfuerzos.

Mis recuerdos me lo presentan en su faceta de educador, como una persona con gran autoridad moral, a la cual era imposible tratar de mentir o engañar. Desde temprana hora de la mañana vigilaba la entrada al Instituto, después de la gimnasia matutina. Luego, al final del recreo, cuando regresábamos a clase a los compases de la marcha de Schubert, siempre le veíamos atento al orden y el silencio.

He de referirme a dos de sus principales características, grabadas en el imaginario colectivo de los estudiantes de la época. La mirada al reloj para lograr inmediatamente un asombroso silencio unido a una perfecta formación de los alumnos. Después la frase “Sobre y Carta”, con lo cual quien recibía ese mensaje sabía que había hecho algo mal y debía de presentarse con ambas cosas en la Jefatura de Estudios (pequeño despacho en la planta segunda), para que el padre o tutor tuviese conocimiento del hecho.

Todos recordamos su silbato para avisar el final del recreo. También le caracterizaba un megáfono que finalmente fue electrónicamente amplificado, con las “nuevas tecnologías” y el llamarle “Quo Vadis”, pues solía decirte al verte fuera de formación “¿A dónde vas?”.

Pero no conforme con el trabajo que desarrollaba, se había planteado mayores retos personales para su Instituto. Al ver que los alumnos internos disponían de mucho tiempo libre, sabemos que barajó diferentes deportes a  introducir en el Centro para conseguir hacer cierto el proverbio “Mens sana in corpore sano”. Al final, se decidió por el baloncesto y fue poco a poco logrando que en el recinto del Centro hubiese canchas y que se organizasen pequeños campeonatos de baloncesto entre las distintas clases.

Al darse cuenta de que este deporte prendía rápidamente en los alumnos y que la directiva lo apoyaba totalmente, en su mente se forjó la idea de crear un equipo estable para ir a competiciones extraescolares.

Bautizó a este equipo como “El Estudiantes” y pronto con ayuda de todos, incluidos padres de alumnos, logró que fuese una realidad en el año 1.948. Parece ser que intentó que el nombre fuese el del Instituto, pero la ley no lo permitía, por lo que dijo, todos somos estudiantes y de ahí el nombre. Fue su primer Presidente. La planta que él sembró ha dado muchos frutos y es otro de sus grandes logros por el cual se le recuerda.



Pero tanta y tan variada actividad no le impidió cultivar su amado Latín, preparando algunas obras y artículos como este libro sobre Cicerón, que fue utilizado como libro de texto.





No es de extrañar que se le distinguiese con la Cruz de Alfonso X El Sabio.

Su preocupación social se centró en que pudiesen estudiar quienes, por diferentes motivos no podían asistir a las clases diurnas, creando el Bachillerato de Estudios Nocturnos del Instituto, del que fue  Director y donde muchos trabajadores pudieron estudiarlo, al tiempo que atendían a sus obligaciones laborales.

Esta gran actividad tuvo un precio, su corazón empezó a resentirse. Con gran pena hubo de dejar la Jefatura de Estudios y la Presidencia de El Estudiantes y dedicarse únicamente a la Cátedra.
No faltó ni un solo día a clase, hasta que el 4 de abril de 1.966 su corazón no pudo más.



Detrás quedaban más de 25 años de labor profesional, educativa y deportiva. Siete hijos y miles de alumnos que recibieron de sus manos formación y entusiasmo. Es totalmente coherente como homenaje, que de manera inmediata, se pusiera la primera piedra al polideportivo que hoy lleva su nombre.

En la lejanía de este medio siglo su figura se agranda como un gran maestro en todos los órdenes de la vida, tanto para aquellos que le conocimos, como los más jóvenes a los que hemos tratado de transmitir sus valores.

Hemos rescatado (Rosa María y yo), todos los vestigios de su vida laboral en el Ramiro y podéis consultarlos en esta dirección:




BALÓN QUITA PELOTA. O PEQUEÑO Y ENTRAÑABLE HOMENAJE A DON ANTONIO MAGARIÑOS

... (19-3-2.016)  Por Nicolás Pérez-Serrano Jáuregui 

Todos los que tuvimos la fortuna de conocer a Don Antonio, recordamos muchos detalles de él. Uno de ellos es ese que encabeza el título.

Llegadas las 11.30 horas, cuando la campana del Instituto vibraba y nos señalaba el tiempo inefable del “recreo", cientos de alumnos nos precipitábamos escaleras abajo. Literalmente arrollábamos cuanto se interpusiera en nuestro camino. Algunos irrumpían en la cantina de Pedro.

Pero me detengo ahora en los alevines, los más chicos. Provistos de una pelota, más bien pequeña, se afanaban por conseguir un logro la mayoría de las veces inalcanzable: hacerse con una canasta, llegar los primeros y, así, echar un partidillo con los compañeros, disfrutar de media hora del deporte casi oficial del “Insti”, ese que tanto propició Don Antonio (“Ba-lon-ces-to” en la luego peculiar manera de pronunciar sus sílabas Pepu Hernández).



Algo después aparecían unos mayores, santa palabra, objeto de admiración, respeto y ... temor. Pavoneándose, empezaban a tirar a esa canasta, lícitamente ocupada por los pequeños, con un balón. Protestaban éstos. No cejaban en su empeño aquéllos; querían desbancar a sus diminutos rivales, sin pudor, ni compasión, tratando de hacer valer unos dudosos derechos, los de ser mayor. Alegaban, a su modo, otro valor superior: “balón quita pelota".



Era entonces cuando, en su ronda periódica por los campos, llegaba Don Antonio. Con cara adusta, cargada de autoridad, y un simple gesto restablecía las cosas a su ser natural y justo.

Los pequeños podían jugar tranquilos. La justicia del caso concreto.

Eso -y, desde luego, mucho más- era Don Antonio Magariños.




Artículo del nº3 de la revista DECADA, Abril 2.015, por Francisco Fernández Victorio





Artículo del nº2 de la revista DECADA, Marzo 2.015, por Francisco Fernández Victorio




DON ANTONIO MAGARIÑOS escribió sobre “LA FORMACIÓN DE LOS MANDOS EN ALEMANIA”, por Los del Ramiro. 
Diciembre de 2.014

INTRODUCCIÓN, por Kurt Schleicher

Se acompaña un documento inédito de una visita que  realizó en 1940 D. Antonio Magariños por encargo de los adláteres de entonces, ¡nada menos que a Alemania, recién comenzada la Segunda Guerra Mundial!  Todavía se podía viajar a Alemania sin problemas, excepto -evidentemente- para personas pertenecientes a los países aliados en guerra con Alemania, naturalmente. En aquella época, pese al temor que influía la figura del dictador nazi, todo apuntaba a que sería el “bando ganador”.

En los años anteriores, finales de los años 30, en Alemania se habían dado pasos en materia de educación que parecían haber sido bien recibidos por la población en general, pese a que tenían ciertas influencias militarizantes, en especial en lo que presuponía de la jerarquía indiscutible de los profesores y el respeto a los mismos; las noticias que llegaban al exterior eran positivas, pese a que se vislumbraba (como en todo en aquellos momentos) cierto ensalzamiento al nuevo dictador alemán.   

Evidentemente, esto despertó el interés de la España franquista recién terminada la Guerra Civil, también con un nuevo e indiscutible dictador; una idea constituía el objetivo clave: romper con el pasado y llevarlo al olvido. Se decidió que fuera precisamente en la Educación donde se iniciara el cambio de manera inmediata; tan inmediata que el día 4 de Abril de 1.939 se ponía en marcha el nuevo proyecto educativo con la creación, en lo que aquí y ahora nos atañe, con nuestro Instituto Nacional de Enseñanza Media "Ramiro de Maeztu".

D. Antonio, seguramente algo incómodo por tener que viajar a un país en guerra, hizo de tripas corazón y se sumergió en los objetivos del viaje, los sistemas de Educación, tema para lo que ya se le consideraba entonces un experto.

Allí se encontró con los tres pilares de la formación de mandos: la camaradería, el orden y la disciplina. Aquello sonaba bien y encima tenía ciertas concomitancias con la Falange de entonces. Por otra parte, la organización parecía ser de tipo piramidal con filtros especiales para acceder a las jerarquías superiores, de forma similar al mundo militar.

Asimismo, con el objetivo de fomentar la camaradería, los profesores debían dedicar una atención especial al Deporte y a la sana competición que comporta, en equilibrio con las enseñanzas que se impartieran.

Tras estas experiencias, era evidente que había que saber separar las influencias particulares de entonces de tipo nacional-socialista alemán y recoger lo que hubiera de positivo en los sistemas educativos y adoptar aquello a la enseñanza en España, y en especial al entorno del Ramiro. Campo abonado en las jerarquías de entonces por supuesto que había, por lo que había que realizar una labor de optimización y adaptación inteligente.

Y a ello se dedicó D. Antonio en cuerpo y alma.
- - - 0 - - -


EL DOCUMENTO PUBLICADO POR D. ANTONIO en 1941, por Paco Acosta

La figura de D. Antonio Magariños, no deja, aún, a pesar del tiempo transcurrido, de sorprendernos. Ninguno de nosotros, los de la promoción 64, se ha atrevido a “hacerle una semblanza”. ¿Respeto? ¿Admiración? ¿Insuficiente conocimiento? ¿Incapacidad de reflejar en unas cuantas líneas el impacto que nos causaba su persona…?.

Quizás por eso mismo en este Blog de la promoción, como muestra de nuestro afectuoso recuerdo, nos hemos limitado a divulgar lo que hemos encontrado sobre él. Y fundamentalmente nos hemos limitado a reproducir, bajo el título de “En Memoria de D Antonio Magariños”, lo publicado en DECADA, en ese número especial con motivo de su fallecimiento en 1966.

Allí, en su Pequeña Biografía, se indica, sucintamente, que “en 1940 forma parte de una misión cultural que viaja por Alemania”. Y, como creo que todos ya conocéis mi curiosidad para rastrear pistas, al leer esto, me puse a buscar algo más sobre este viaje…

No he encontrado nada. Pero sí que he obtenido algo que puede estar relacionado con aquel viaje. Al menos, D. Antonio, en esto que he localizado, hace referencia a “un largo viaje en coche (cinco horas en coche a gran velocidad por las autopistas alemanas)”. Y en base a eso me lanzo a afirmar que Don Antonio (por aquel entonces) era ya considerado en los ambientes educativos (¿y también políticos?), de alguna manera, como un “conocedor” (posiblemente también admirador) de la enseñanza que por aquella época se impartía en Alemania, y que esa fue la razón de que formase parte de la mencionada misión cultural.

Y a resultas de ese viaje, D. Antonio Magariños publicó, en la Revista Nacional de Educación (nº 11, 1941), el artículo que bajo el título “Formación de los Mandos en Alemania”, cuyas 14 páginas os incluyo a continuación.















En mi opinión, este artículo es el extracto de un “informe” o trabajo bastante más extenso, que D. Antonio pudo elaborar tras el viaje cultural a Alemania, para hacerlo llegar a los políticos del régimen encargados de estos temas…

No quiero añadir ningún comentario personal, pero tened en cuenta que esto se escribió a principios de los 40….
- - - 0 - - -


COMENTARIO, por José Luis Cerdán

En aquellos años había algunos profesores que no tomaban como ejemplo el modelo educativo nacionalsocialista ni el soviético, por ejemplo Jimena Menéndez Pidal, Ángeles Gasset, Carmen García del Diestro, Josefina Aldecoa....

Si un periodista de Occidente hubiera contemplado a D. Antonio con el megáfono de hojalata y más de 1.400 alumnos perfectamente formados y sin mover un músculo, ¿qué hubiera pensado?, ¿Instituto liberal o totalitario?

Como dijo hace poco Bergoglio: La verdad es la verdad y no hay que esconderla.

No quiero que mi comentario se tome como condena de nadie, solamente subrayar que en esa época no era necesario ser pro nacionalsocialista, había otras vías.

Y, efectivamente, con D. Antonio aprendiendo el modelo educativo nacionalsocialista, D. Luis Ortiz vinculado a la CEDA y al periódico El Debate (más tarde Ya) y D. José Navarro falangista de buena cepa, hubiera sido milagroso que la educación en el Ramiro se basara en el modelo liberal en el período 1939-1960.

No valoro la moralidad de cada individuo de posicionarse ante los totalitarismos y los sistemas democráticos pero es incuestionable que nuestra educación en el periodo 1952-1960 era la propia de un régimen totalitario y por lo tanto totalitaria.
- - - 0 - - -


APORTACIONES, por Manolo Rincón

Como sabéis llevo ya varios meses investigando y digitalizando documentos del Ramiro, junto con Rosa María.

He visto mucha documentación de D. Antonio, su toma de posesión, sus cargos, su desaparición, su viuda...

D. Antonio era hijo de su tiempo y así debe verse.

En el año 40 España era aliada fiel de Alemania. Es lógico que mandase a D. Antonio a que se enterase como funcionaba el admirado Reich en educación y organización. Eso no implica que fuese NAZI. Yo creo que fue siempre apolítico. Ya conocía el tema del viaje y no le dí nunca mayor importancia. Supongo que analizando sus papeles hasta encontraremos la orden de viaje.

D. Antonio era serio y disciplinado e hizo lo que se le encargó en ese momento, como no podía se de otra forma.

D. Antonio, ex seminarista, catedrático antes de la Guerra Civil, era una persona muy valiosa para D. Luis y para el Sr. Albareda. Era el responsable de la formación de jóvenes que forjarían el futuro del nuevo Régimen.

Por tanto creo que visto en su contexto no debe de alarmar a nadie ese viaje.
- - - 0 - - -


EPÍLOGO, por Paco Acosta

Por ser el que ha “aportado” el artículo de D. Antonio, me atribuyo el derecho a finalizar esta entrada, que sin pensarlo inicialmente, ha resultado multi-autor.

Como era previsible, las posturas entre nosotros no son plenamente coincidentes. Pero ese era, o al menos así lo percibí yo, el espíritu del Ramiro de nuestra época, el que pretendemos continúe en el Blog de la Promoción. Abierto a opiniones distintas o discrepantes, Respetuoso con las ideas de los demás, Comprensivo, Liberal como “herencia” de la Institución Libre de Enseñanza y del Instituto-Escuela (en el que ejercieron como profesores D. Antonio Magariños, Jaime Oliver, Juana Alvarez-Prida,…), …

Y D. Antonio, las “ideas” de la Dirección del Ramiro, y la aportación de todos nuestros profesores, muchos de ellos verdaderos maestros, contribuyeron, a mi juicio eficazmente, a nuestra formación intelectual y humana. No pretendían forjar “adeptos” ni crear incondicionales… Y tampoco buscaban una confrontación con las ideas imperantes…

Efectivamente la sociedad evoluciona. Y nosotros. Por tanto, no se pueden leer “cosas de entonces” con los “ojos de hoy”…

Comenta Juan Antonio Rosas, en la entrada publicada, hace ya más de dos años, en el Blog  “La vida no fue, es…” (que a mi juicio se debe leer y re-leer..),: “cuando D. Antonio empezó a estar más fatigado, hicieron su aparición”, como sucesores-sucedáneos, personas, “que tenían atribuido su poder sobre bases nuevas (¡ay, incipiente democracia!), posiblemente necesarias, pero que hacían añorar la confianza en la entrega y el esfuerzo de su predecesor, la emoción y la sensibilidad en el ejercicio de la auténtica autoridad, la que convencía y, pese a muchos, sigue convenciendo, la que no cede a favoritismos. Es decir, que tenía un tufo a liberal bastante agradable”.

Y unos párrafos antes, nos recuerda “Ese desfile matinal, en el que cada clase se esmeraba en hacer filigranas, con las variaciones de los “gastadores” en cabeza de la formación, y esos gritos de: “¡Vista a la derecha…. Franco!, con cuyos ecos se criaron y educaron tantos seres liberales, que no sabían que lo eran y, sobre todo, que lo iban a seguir siendo con el tiempo. Cuantas veces nos han preguntado, “¿pero no erais de derechas?... jo, pues no me lo creo”.

Y yo tampoco. ¡Somos… del Ramiro!. Somos ¡Los del Ramiro!. Todos.



*******************************************************




"ESTUDIOS NOCTURNOS DE ENSEÑANZA MEDIA". 

Un artículo de D. Antonio Magariños, por Paco Acosta. Mayo de 2.014


En lugar de escribir sobre el tema del “nocturno”, del que no puedo aportar casi nada, ya que estuve en el “diurno”, casi sería mejor que me limitase a “colgar” directamente las 19 páginas de este artículo de D. Antonio…, y así lo voy a hacer, tras una breve introducción.

Este artículo fue publicado por D. Antonio Magariños en la revista Enseñanza Media, en su número 158, allá por 1965, cuando ya tenía 10 años de experiencia como Director de los Estudios Nocturnos del Instituto Ramiro de Maeztu de Madrid. El Instituto de Enseñanza Media Nocturno de Madrid (sin recibir aún oficialmente la denominación de “Ramiro de Maeztu”) fue creado en Septiembre de 1955 (publicado en el BOE en Octubre) y D. Antonio fue nombrado director en Noviembre de 1955.

De la lectura de este artículo se deduce el gran cariño que sentía D. Antonio por estos estudiantes que tras una jornada laboral siempre dura, acudían por la tarde-noche, robándoles horas al descanso, a proseguir sus estudios y aspiraban, en una gran mayoría, a realizar estudios superiores. Entresaco del artículo, algo que a los del diurno ignorábamos o no nos llegaba: “más de la mitad” de los 700 alumnos matriculados en el Nocturno del Ramiro de Maeztu, estaban “concentrados en los tres últimos cursos” (es decir en el bachillerato superior) y aspiraban a seguir estudios universitarios. Y se daba la circunstancia, que además, “era precisamente en estos tres últimos cursos, donde estaba el mayor número de los que hubo que denegar el ingreso por razones de incapacidad del centro para recibir tanto alumnado”.

Os animo a leer con detenimiento estas páginas, concentrándoos en lo que constituyen opiniones y razonamientos, más que en la mera descripción de lo que eran los estudios nocturnos y su evolución (aunque esto tenga siempre un interés divulgativo y nos permita conocer más nuestro Ramiro).




















Me gustaría que los compañeros del Ramiro, tanto del Diurno como del Nocturno, de nuestra promoción o de otras promociones, (ya que cada día son más los que nos siguen y utilizan este blog como referencia para conocer, revivir o recordar cosas del Ramiro), se animasen no sólo a incluir sus comentarios sino también a mandar artículos, fotos y demás…..

“El Blog se está convirtiendo, poco a poco, gracias a vosotros, en un punto de encuentro de exalumnos de todas las edades.”



Editorial publicado en 'DECADA' (número especial de 1966), dedicado a Don Antonio Magariños







  El Ramiro ha quedado de luto con la muer­te irreparable (sic) de D. Antonio. Don Antonio se ha dejado clase tras clase, consejo tras consejo, empeño tras empeño, el pellejo en el Ramiro.

  Y no nos importa repetir unidas, cuantas veces sea, dos palabras que han sido insepa­rables durante muchos años. El Ramiro y don Antonio han sido como el cuerpo y el alma de una misma entidad.

  Por eso los alumnos del "diurno", los del "noc­turno", los compañeros de profesorado y cuantos de una manera u otra nos hemos visto en­vueltos en las tareas del Instituto hemos que­rido dedicar este número de DECADA a su recuerdo.

  Hablamos del educador, del maestro que preparó hasta su última lección, del entusiasta que no podía asistir a los partidos de su "Es­tudiantes" porque como buen aficionado le llegaban al corazón las jugadas de su equipo. Hablamos del "nocturno" que, quizá fuera su obra predilecta porque había puesto demasia­do de él mismo en ella, y también del inves­tigador que, con familia numerosa y rodeado de todos los problemas de los alumnos del Internado, encontraba un momento de silen­cio para tomar una cita de Cicerón o de Séne­ca, y del orientador y del amigo y del hombre.

  Don Antonio nos lo ha dado todo, su en­trega ha sido exhaustiva. No era necesario tan­to, han dicho algunos. "Si no puedo ir a mis clases ¿para qué quiero la vida?" dijo él mismo cuando su última enfermedad le obligó a tomar algún descanso.

   Como quiera que sea don Antonio se nos ha ido y su ausencia deja un vacío muy difí­cil de llenar. Pero quizá también nosotros de­bamos reaccionar de nuestra admiración in­móvil y de nuestra tristeza inoperante para continuar la tarea que él nos dejó empezada. Este sería nuestro mejor agradecimiento.




  Ha muerto Antonio Magariños. Ha muerto don Antonio. Los que hemos sido alumnos del Ramiro queremos rendirle nuestro modesto y postrer homenaje en este DECADA, nuestra voz, lanzada en su memoria. Y nuestro home­naje no es un acto protocolario, calculado, frío. Antes bien es casi un grito mal contenido, una necesidad de pecho agradecido. ¿Qué por qué?... No lo sé bien. Quizás porque nuestra vida se revuelve ansiosa hacia el dracma recién perdido, anhelante, en un esfuerzo de remarcar aún más la imagen querida para gozar de su posesión sin miedo a que el tiem­po nos la arrebate. Quizás porque para mu­chos eran casi sinónimos Ramiro de Maeztu y D. Antonio. Quizás porque, en cierta mane­ra, somos nosotros el fruto de su esfuerzo generoso.

  Las páginas que vais a leer os van a hablar de él. No intentan, porque sería inútil esfuer­zo, encerrar en unas líneas muertas la ri­queza viva y enorme de su vida ejemplar. Son más bien una suaves pinceladas que despier­ten en cada uno de nosotros los mil recuerdos de nuestro trato con él.

  Pidámosle al Señor que nuestra juventud encuentre hombres como Magariños, héroes silenciosos, forjadores abnegados, que todo lo han entregado. "En la carrera de relevos que es la vida, no cabe quedar a medio cami­no sin entregar el testigo. La precisión de la entrega, la ventaja que transmitimos a nues­tro seguidor es la clave del éxito de todos", son sus palabras. Recordemos todos que la suerte grande de haberle conocido nos trae también la responsabilidad de seguir su ca­mino, de hacer nuestro relevo.

  No podremos decir nunca que no tuvimos ejemplo. Y nuestro esfuerzo será para él nuestro mejor homenaje, nuestro homenaje perenne.

  Que la luz de su imagen ilumine siempre al Instituto Ramiro de Maeztu.


  Miguel BALBAS ANTON Presidente de la A. A. A.




SU EJEMPLO



Este homenaje es especial, lógico; no que­remos que don Antonio se vaya y por ello nos empeñamos en mantener vivo su recuerdo en nuestras conversaciones.

Su pérdida es insustituible (sic). No es el pro­fesor, ni el Jefe de Estudios, ni el Director del Internado; es don Antonio quien se ha ido, y es esa estela que dejaba por donde pasaba la que ahora parece haber quedado como un vacío flotando en el aire del Ramiro.

Su enérgica constancia dió forma a muchas realidades en las que ha quedado grabado el sello de su carácter: muchos hombres ínte­gros, varias promociones de latinistas, el Noc­turno, el Estudiantes, son sólo algunas de sus obras. Pero como un pionero que fué supo mantener la lucha siempre hacia adelante, abriendo nuevos caminos.

Una de sus últimas preocupaciones y con­secuencia natural de un trabajo empezado fué su deseo de abrir un cauce universitario al Bachillerato Nocturno. Era el hijo que con más incomprensiones había tropezado, pero también el que más satisfaciones íntimas le había proporcionado.

Le gustaba ponernos como ejemplo el sacri­ficio de estos muchachos cuando los que ha­cíamos el bachiller normal nos quejábamos de la dificultad de una traducción.

Don Antonio estaba trabajando por conse­guir la Universidad nocturna como una con­tinuación lógica del bachillerato, cuando la patata que él decía tener por corazón le hizo la última de las jugadas.

Todos hemos coincidido en admirarle, pero todos, especialmente los que más cerca le he­mos tenido, debemos empeñarnos en conti­nuar su obra. Ojalá que este homenaje no se quede en buenos deseos. El nos lo agradecerá.

 Gustavo Monge





DISCURSO DE DON ANTONIO EN LA CENA HOMENAJE DE 1963 




Perdonadme que cuando llegue el momento de hablar yo para daros las gracias a todos, al señor Director general, a los directivos, al profesorado y a vosotros, queridos ex alumnos, no me fíe de la improvisación.

Sé que hablo mal, y un desliz puede hacer que me ex­prese torcidamente. Por otra parte, no desconozco el peli­gro de que se me tache de poco sincero. Sin embargo, me permitiréis que os diga qué hay dos tipos de sinceridad: la del que dice lo que siente, sin control, sin limas, y la del que siente lo que dice y que después de pensarlo se vuelca con todo su corazón en lo que ha pensado y dice. Yo soy de los últimos. Por tanto, tened la seguridad de que todo lo que diga va apasionadamente respaldado por una sinceridad reflexiva y por una sola vez quizá, serena y tranquila.

El hecho de estar tantos reunidos aquí prueba que sa­béis asistir cariñosamente a un relevo, que garantizáis al que se va la seguridad de un recuerdo y que ofrecéis a los que vienen una promesa de gratitud o de amistad. Esa amistad es la que hoy ha hecho cubrir de cariño, discul­pando fallos y subrayando virtudes, mi largo paso por la Je­fatura de Estudios del Ramiro, amistad llena de humanidad, de comprensión. Yo os lo agradezco, principalmente por­que mi actuación de apagafuegos de urgencia nunca tuvo rasgos que reclamaran perpetuidad.

Si habéis sabido reaccionar así, disculpando, es que en el Ramiro existe más finura de la que nosotros mismos he­mos llegado a pensar.

Gracias a todos por mí y por el Ramiro; a vosotros ex alumnos, compañeros de profesorado, directivos, Director general, muchas gracias.

Esto no es una anécdota, es una vida entera. La última cita que don Antonio recogió en su libro de notas es de una tragedia de Séneca "Novit paucos secura quies, qui velocis memores aevi tempora nunquam reditura tenent" (El descanso seguro se dió a conocer a unos pocos que recordando lo veloz de la vida ocupan tiempos que no han de volver jamás).






PEQUEÑA BIOGRAFÍA




- Nace en Madrid el 4 de fe­brero de 1907.

- Estudia en el Seminario de Madrid durante casi seis años. A los dieciocho años abandona el Se­minario para encontrar una fecunda vocación seglar.

- Estudia Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid.

- Salamanca es el primer pues­to que ocupa. Es auxiliar de Latín y Griego en la Universidad. Y allí mismo es designado profesor encar­gado de la cátedra de Historia del Castellano, de la que era titular don Miguel de Unamuno, su escritor pre­ferido, según nos dice en una en­trevista de DECADA.

- En 1933 es nombrado profe­sor del Instituto de Granada; allí permanece dos años llenos de in­tenso trabajo y estudio.

- Como fruto de ese estudio consigue el número Uno en las opo­siciones a cátedra de Latín. Es el año 1935; Antonio Magariños tiene veintiocho años. A comienzos de curso pasa al Instituto-Escuela de Madrid.

- Al terminar la guerra se in­corpora al Instituto Ramiro de Maeztu, e inmediatamente se en­carga de la Jefatura de Estudios, que ocupará durante veinte años. Allí comienza su lucha en la Ense­ñanza Media, una lucha basada en el cumplimiento del deber.

- En 1940 forma parte de una misión cultural que viaja por Ale­mania. Está en vísperas de su boda, que celebrará a fines del año. Pos­teriormente formará también parte de una embajada de la Enseñanza Media española que recorrerá parte de Sudamérica.

- Es nombrado director del Internado Hispano-Marroquí en el año 1942. Más tarde también se ha­rá cargo de la dirección de la Re­sidencia "Generalísimo Franco".

- El año 1948 funda el Estu­diantes Club, que eleva de una ma­nera enorme el nivel deportivo, tan necesario en la juventud, en el Ra­miro.

- Durante esta época, Antonio Magariños es ya "Don Antonio", metido de lleno en la vida del Ra­miro. Sin embargo, sigue trabajando y colaborando con el Consejo Supe­rior de Investigaciones Científicas, y en 1952 edita su mejor libro: Des­arrollo de la idea de Roma en su Siglo de Oro. Sus artículos y rese­ñas continúan apareciendo en las revistas de filología clásica hasta el mismo año de su muerte.

- El año 1955 consigue que los estudios nocturnos de bachillerato sean una realidad. Ello supone el acceso a la enseñanza oficial de la clase obrera. Desde entonces hasta el fin de su vida estará al frente de ellos.

- En 1954-55 fué Jefe del Ga­binete Técnico de la Dirección Ge­neral de Enseñanza Media. 

- El año 1959, una terrible enfermedad cardiaca, que él se había labrado poco a poco, dejando su vida en el Ramiro, le obliga a guardar cama durante tres meses. Cuando vuelve a clase le es imposible seguir siendo Jefe de Estudios. En realidad, tampoco podía seguir en el Nocturno ni en el Internado, pero no se le pasó por la cabeza que debiera dejarlo.

- En 1961 se le concede la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio, y poco más tarde la Asociación de Antiguos Alumnos le rin­de un homenaje afectuoso en la ca­fetería del Ramiro. Era el agrade­cimiento al que nos había dado su vida.

- Los últimos años de su vida son un esfuerzo constante contra su propio cuerpo. Los últimos días de su vida son un ejemplo, aún mayor, de cumplimiento del deber. Cuatro días antes de su muerte salió a la calle con gran esfuerzo para asistir a clase y también para acercarse al Congreso de Estudios Clásicos, que por aquella fecha se celebraba.

- El día 4 de abril de 1966, día de San Isidoro — Patrón de las Letras — y Lunes Santo, D. Antonio termina su esfuerzo. Dios quiere que descanse a su lado.


Conocí a Antonio Magariños hace ya muchos años, cuando recién sa­lido del Seminario de Madrid y tras cursar con brillantez los estudios de la Facultad de Filosofía y Letras, se preparaba con esmero, bajo la tute­la del profesor Pabón, para opositar a cátedras de Instituto. Era un jo­ven de alma translúcida, alegre, co­municativo y de profunda formación religiosa. A su afición a la lengua latina, aprendida prácticamente con ahínco, añadió en poco tiempo una sólida cultura lingüística, que le va­lió el triunfo en las oposiciones. Fué aquélla una gran victoria del joven profesor, alcanzada con sencillez y plena dignidad humana, ya que lo­gró el número uno por unanimidad y le mereció bien pronto el acceso por elección al Instituto Escuela de Madrid. Apuntaba en él la vocación científica, a juzgar por sus trabajos filológicos, compartidos con la función docente.

Tras la guerra de Liberación, al encomendarnos el Ministerio a José María Albareda y a mí la reorgani­zación del Instituto - Escuela y su transformación en el Instituto Ra­miro de Maeztu, no pudimos menos de requerir desde la primera hora la colaboración de Antonio Maga­riños. Fué entonces cuando sobre la presunta vocación científica, que no dejó de cultivar, aunque con cierta parsimonia, y lejanía, en algunos di­aros, artículos, notas y comentarios de revistas, surgió la gran vocación pedagógica. Pocos profesores en la historia moderna de la Enseñanza Media española se han entregado como Magariños a la tarea docente con más abnegada pasión, con ma­yor asiduidad y desvelo, con más ca­lidad humana y más abundante fru­to para el alumno. Su vida profesio­nal aparece reflejada en casi treinta años de labor continua de cátedra, que no abandonó un solo día. En­señaba con verdadero placer, y su docencia era fecunda, sentida y hasta diríamos deliciosa. Sus discentes declaran a una que en su boca las explicaciones resultaban siempre agradables y hacían amar una ense­ñanza tan áspera como la del latín, especialmente en la difícil sintaxis, que Magariños dominaba como po­cos.

Pero aun esta vocación estricta de la cátedra fué superada por la de educador y forjador de hombres. Si quisiera sintetizarse en una palabra la talla humana del catedrático fa­llecido, habría de decirse que fué, sobre todo, educador de treinta pro­mociones de jóvenes contemporá­neos. Designado desde los primeros tiempos del Instituto Jefe de Estu­dios, cargo que ha servido, por el ejemplo y maestría de Magariños, para implantarse luego en todos la sensibilidad de las cosas, el respeto mutuo, la defensa de la libertad, la noble preocupación del trabajo, de la disciplina y de la solidaridad hu­mana.

Día a día y hora a hora—no hay nada que supere en excelencia a es­tos ínclitos méritos de un hombre y le hagan acreedor al mejor de los homenajes postumos — fué derra­mando Magariños su vida en aras de la juventud. Los que hemos sido testigos de su generosa entrega sa­bemos valorar estos altos desvelos, que enaltecen y santifican su me­moria con la aureola de un verda­dero apóstol de la educación cris­tiana. Fué Jefe de Estudios del Ins­tituto Ramiro de Maeztu hasta que una implacable enfermedad cardía­ca comprometió su vida y obligó a relevarle del arduo trabajo, otor­gándole por él la Gran Cruz de Al­fonso el Sabio. Pero se mantuvo firme en su cátedra. "Si mi salud no me deja enseñar, ¿para qué quiero ya vivir?", fueron casi sus últimas palabras. Se mantuvo al frente de los internados, otra ingente obra de su fecunda existencia, atendida con el mejor estilo. Se mantuvo en la dirección, aunque lejana, de su querido club de baloncesto Estu­diantes, creado por él y llevado a las cumbres del éxito, con el espíri­tu educativo de quien cree sabia­mente en el principio clásico de la armonía entre la salud del alma y la del cuerpo. Se mantuvo, en fin, en la dirección y tutela de los estudios nocturnos, en cuya creación, imitada después en toda España, tu­vo la parte principal, y en la que derrochó como nadie su gran amor de padre y de maestro por la edu­cación de los humildes, sin distin­guir de clases sociales, porque lo inspiran a la vez la justicia y la ca­ridad, que latía en su alma hasta el momento de rendirla en la hora de­finitiva.

Descanse en paz este hombre "integer vitae", que pasó por la vida "bene faciendo" y merece ahora me­moria perdurable. Si no hay en el balance de sus obras ese aparato —a veces falso—con que se engalanan los que alcanzan en este mundo la consideración de sabios, se registra, en cambio, el copioso haber de vir­tudes del varón justo, "monumento más perenne que el bronce", reve­lador de la más ínclita sabiduría y, sobre todo, grato, por su perfume de santidad, a los ojos de Dios.


Luis ORTIZ MUÑOZ  
Director del Instituto Ramiro de Maeztu
               (Publicado en "Ya".)

  

 


A título de noticia adelantamos lo que hemos oído a don Luis Ortiz y que ha quedado ratificado por don Angel González Alvarez, Director General de Enseñanza Media. Dentro de poco tiempo "An­tonio Magariños" será el nombre del "nocturno'';  de esa manera conservará no sólo el espíritu de don Antonio, sino también su nom­bre. A él, seguramente, esto le habría ayudado a avivar la sensación de "retórica" en que creía estarse convirtiendo, según confesó pre­cisamente a sus alumnos del "nocturno" en una ocasión. Pero a nosotros nos parece muy lógico puesto que todos los hijos llevan el nombre de su padre. Y otro tanto podemos decir del Gimnasio Polideportivo que se está construyendo en el Ramiro y que también llevará su nombre. El siempre soñó con un gimnasio cubierto en el que se pudiera realizar deporte sin miedo al frío y las lluvias invernales, y luchó por conseguirlo aunque los frutos no llegó a conocerlos. También es justo que lleve su nombre.
 



DON ANTONIO Y LA ENSEÑANZA




Los ex alumnos nos hemos que­dado huérfanos al perder a don An­tonio. Es difícil acostumbrarse a ir por el Instituto y no encontrarle a él, y saber que ya no le tenemos entre nosotros.
 
Aunque nos dolía aquella expre­sión de cansancio infinito y aquel esfuerzo sobrehumano para conti­nuar de pie, que a su pesar se le traslucía, la sonrisa con que nos acogía una y otra vez seguía siendo entrañable, de padre que se regocija de volver a ver a sus hijos, de co­razón abierto con ansias de seguir dando.

Todos nos hemos quedado huér­fanos, pero quizá yo más que nin­gún otro, porque mi filiación res­pecto de él, lejos de ir resolvién­dose con la mayoría de edad, se fué anudando más y más con nue­vos lazos cada vez más sólidos y más indelebles, porque el señor Magariños siguió siendo hasta el final no sólo mi amigo, sino también mi maestro.

En mis años de estudiante en el Instituto, su gracia inimitable para enseñar me aficionó de tal modo a su asignatura, que quise profesarla yo también; por eso, cuando ter­miné la carrera me llamó a su lado para que fuera profesor de Latín en el Maeztu.

Fueron para mí unos años fecun­dos en enseñanzas, porque —ya lo sabéis los que le habéis conocido— era modelo acabado de profesores por su ciencia, por sus egregias do­tes como hombre y como maestro y por lo generoso de su entrega to­tal a la formación de sus alumnos.

    Casi todos vosotros lo habéis sido y recordáis, aun aquellos cuyo fuer­te no era precisamente el Latín, la inmensa eficacia de sus clases, en las que a su conocimiento profundo en la materia se unían una vocación y un arte especiales para enseñarla. Recordáis también la amenidad y el atractivo sin par de aquellas ho­ras en que, sobre todo, nos encon­trábamos singularmente cómodos por la confianza que el señor Magariños sabía inspirarnos, la alegría con que acogía una broma oportu­na y de buen tono y el humor con que sabía seguirla o cortarla a tiem­po. Y recordáis aquellas salidas de clase, cuando  nos arracimábamos en torno a él y los temas de conversa­ción — siempre sugestiva, siempre grata, siempre aleccionadora en uno u otro sentido— se iban encadenan­do sin que llegaran a faltar nunca.

Otros no habéis tenido la gran suerte de dar clase con él, pero ha­béis conocido su prodigiosa activi­dad, su energía y su tino para lle­var él solo la carga ingente de la Jefatura de Estudios con un acier­to, con una maestría y una habili­dad pasmosas. Todos habéis podido admirar ese don singular que le hizo apto para ejercer las funciones de un padre con los mil quinientos alumnos del Instituto y, al mismo tiempo, con los innumerables ex alumnos que acudíamos a él en bus­ca de ayuda, orientaciones o con­sejos.

Todos habéis sido testigos de la oportunidad de sus reprimendas, de ía solicitud con que se desvivía por atender las necesidades o resolver los problemas de cada uno, de có­mo no midió nunca el tiempo ni el esfuerzo que consagraba a convivir con nosotros, a laborar por nuestra mayor perfección y bienestar, a in­teresarse por nuestros conflictos per­sonales y a darles solución. Todos sabéis, en suma, que ha sido al mis­mo tiempo nuestro maestro inigua­lable, nuestro amigo de corazón y nuestro padre abnegado, que ha que­rido perder la salud primero y la vida después por sacrificárnosla y gastarla hasta el fin a nuestro lado mejor que cuidarse y vivir separa­do de nosotros.

Y por eso, porque todos lo sa­béis, no voy a detenerme a habla­ros de él desde el punto de vista de los alumnos, y voy, en cambio, a deciros algo de cómo le vi en mis años de profesorado junto a él.

He estado tentado de decir "cuan­do trabajaba a sus órdenes", pero he corregido a tiempo la expresión, que habría resultado de todo punto inadecuada, puesto que nunca se le víó dar una orden, ni a mí ni a ningún otro profesor de los que nos hallábamos sometidos a su autori­dad de Jefe de Estudios y de di­rector de la asignatura: su proce­dimiento para dirigirnos consistía en  darnos ejemplo de laboriosidad, de cariñosa dedicación a los chicos y preocupación constante por ellos.

Siendo, como era, un excepcional maestro, nunca trató de darnos lec­ciones a los demás, y por su parte jamás se daba por satisfecho ni se recreaba en la perfección alcanzada, sino que, al contrario, se preocupa­ba por descubrir sus posibles fallos, meditaba continuamente acerca de las necesidades de cada tipo de alumnos en función de su edad, de su ambiente y su manera de ser, leía libros y publicaciones sobre psi­cología juvenil, pedagogía y didác­tica del Latín y acudía a jornadas y reuniones concernientes a estos mismos temas. En nuestras juntas de profesores de Latín exponía sus inquietudes y solicitaba, con su hu­mildad característica, las sugerencias de los demás, todo ello sin "sentar cátedra de modestia", sino con Ia. misma naturalidad con que le veía­mos bajarse a recoger los papeles en campos y pasillos.

Yo os aseguro que aquel ejemplo de vocación sincera y de modestia a la par nos hacía mella a los de­más. Recuerdo que un día salíamos juntos del Instituto don Miguel Ro­dríguez Pantoja —aquel admirable profesor a quien muchos conocéis bien— y yo, charlando acerca de las virtudes del señor Magariños, y el bueno de don Miguel me confesó que una de sus oraciones diarias era ésta: "Señor, ayúdame a imitar a Magariños". Puedo garantizaros que la formulación variaría, pero que en esencia no era el señor Pantoja el único en expresar ese deseo.

Sabéis que don Antonio era un hombre de una inquietud intelectual inagotable; sentía un interés extra­ordinario por todas las manifesta­ciones del espíritu: el arte, la lite­ratura, la filosofía, la música, la historia...

Ahora bien, para comprender su actitud persona] ante el cultivo de la mente y del espíritu hay que co­nocer el centro de su preocupación como hombre, como cristiano e in­cluso como filólogo.

Es claramente sintomática, por­que nos revela la clave de su pen­samiento y de su manera de ser, la atención preferente que dedicó a la postura de Roma, personificada es­pecialmente en Cicerón, respecto del "otium", entendido como retiro de la actividad cívica para consagrarse al cultivo intelectual mediante la lectura, el estudio de la filosofía y la práctica literaria. Esta actitud pura o preferentemente contempla­tiva nunca fué la propia del modo de ser de Roma, y Cicerón, el hom­bre más representativo de los valo­res romanos que han mantenido su vigencia a través de los siglos, jus­tifica su entrega parcial al "otium" como preparación necesaria para ac­tuar en beneficio de su patria y de sus conciudadanos. Pues bien: ésta fué, como os decía, una de las pre­ocupaciones dominantes del señor Magariños en sus trabajos de inves­tigación filológico-histórica en torno al ser de Roma y al pensamiento de Cicerón. Y lo fué porque ahí en­contraba él una fundamentación de su propio ser y de su propia manera de actuar.

A don Antonio, como no igno­ráis, entre el Instituto, el Interna­do, el Nocturno, el Estudiantes, su familia y los mil problemas que cada uno de nosotros le suscitaba todos los días, no le quedaba apenas tiempo para descansar. Sin embar­go, aun ese corto tiempo lo abre­viaba todavía más para dedicarse a leer y a escribir. Su capacidad de trabajo era asombrosa; escribió nu­merosos artículos científicos y algu­nos libros realmente importantes en nuestra materia, pero sobre todo leía infatigablemente. En ello en­contraba, por supuesto, un placer espiritual; mas, por encima de to­do, lo consideraba una obligación para enriquecer su panorama cultu­ral y su formación humana a fin de poder ejercer mejor su magiste­rio y sernos más útil a los demás.

El ideal del servicio al prójimo fué el que presidió su actividad ago­tadora y también, como veis, hasta sus ratos de "otium". Y fué tal el desprendimiento que puso en la ta­rea, que se olvidó de sí mismo, de su propia comodidad y de sus inte­reses personales para dárnoslo todo a manos llenas.

Ahora que nos ha dado total­mente su vida, se impone que con­sideremos con seriedad el privilegio que Dios nos concedió al darnos tal maestro y la responsabilidad que nos incumbe a cuantos hemos tenido cerca de su ejemplo día a día.

La figura de don Antonio es in­olvidable; nuestro cariño y nuestra gratitud no podrán borrarse nunca. Pero los que le hemos conocido bien sabemos que eso no es suficiente, que él quería mucho más y que la gran lección que nos dió en su vida heroica y en su muerte ejemplar habría caído en el vacío si nos li­mitáramos a recordar a su autor con mucho afecto, pero no nos esforzá­ramos por realizar en nuestrasv idas una imitación tan fiel como poda­mos de su norma de amor al pró­jimo y de cumplimiento del deber.

 Francisco TORRENT  





ANECDOTARIO




La última clase que dió D. Antonio en el Ramiro fue bastante especial; había faltado varios días y, por fin,  fué al Instituto sin hacer mucho caso del médico y de su familia. Era el último día del trimestre, pero D. Antonio no había podido hacer exámenes ni sa­car medias; sin embargo, con gran sorpresa de todos, empezó a ca­lificar a los chicos  (de 5.° curso), pero de un modo muy especial: los calificó según su categoría humana, y muchos de los "empollo­nes" se quedaron con un suspenso, mientras algunos de los peores se encontraban con un flamante aprobado. Naturalmente, eran notas que no iban a contar en el "diario", pero los que hemos sido alum­nos de D. Antonio sabemos que no acostumbraba a hacer divaga­ciones de ese tipo.

En una de tantísimas excursiones como don Antonio ha tenido a su cargo —a El Escorial, a Segovia, a Aranjuez.. .; todas las primaveras, un par de ellas— sucedió algo que nos habla otro poco del alma de D. Antonio. Iban dos coches llenos de niños de segundo o tercer curso. En una de las paradas que se hicieron durante la vuelta a Madrid, uno de los chó­feres, algo preocupado, le dijo que su coche llevaba un poco mal los frenos. Era el coche en que no iba él. Inmediatamente se pasó al coche averiado y todo el resto del viaje lo pasó en él. Si algo hubiera sucedido, también él lo sufriría. Fué un riesgo que no asustó a los niños porque ninguno de ellos se enteró.

Son palabras de don Antonio en uno de los homenajes que recibió, y en los que el siempre subrayó con sinceridad su humilde sentimiento de relevado, que escondía un ansia verdadera de cumpli­miento del deber:

"La juventud es algo radiante, sin plie­gues que no ha visto el reverso del ta­piz de la vida lleno de hilos sin senti­do, pero que tampoco tiene necesidad de verlo, porque cree en lo directo, en lo honrado, en lo sencillo, en lo bueno. Es probable que muchas de sus desvia­ciones se produzcan porque absurdamen­te les ha desilusionado nuestro aburri­miento. Los viejos, los que vimos los bastidores por dentro, nos hemos reído a veces de sus afanes. No, no puede ser esa nuestra actitud. En la carrera de relevos que es la vida no cabe quedar a medio camino sin entregar el testigo. La precisión de entrega, la ventaja que transmitimos a nuestro seguidor es la clave del éxito de todos..." "Los que lo dirigen, los que hacemos profesión de maestros llegamos hasta allí, muchos de vuelta del otro lado del tapiz, acudien­do a la generación que nos sigue con la afirmación de que no es el reverso lo que les interesa sino lo que tienen a sus ojos; que hemos mirado al otro lado para que ellos tengan menos necesidad de ha­cerlo y puedan continuar creyendo, se­guros, que en este mundo hay cosas por las que se puede morir, que hay motivos grandes y serios, que no es imprescindi­ble morir de asco."

 Estábamos cerca de los exámenes. En nues­tra clase del Nocturno trabajábamos a mar­chas forzadas, pero aquel día don Antonio nos notaba un poco inquietos. ¿Qué sería? Al fin uno le dijo: "Don Antonio, es que ahora están jugando España y Brasil." Y don Anto­nio sonriendo dijo: "¡Qué baje uno a la canti­na y así nos enteramos de cómo va el partido!"

En el Internado hay chicos de todas las edades, cada uno es un problema distinto. Los problemas de los más pequeños son los más fáciles de resolver, sobre todo cuando se pone en medio el cariño. Este último año don Antonio vio a un niño pequeño, de los de la "Prepa", que se guardaba un diente recién caído para ponérselo al "ratoncito Pérez", ante la mirada escéptica de algún amiguito listo. A la noche don Antonio entró con una linterna en la habitación de los "peques" y dejó bajo la almohada del desdentado una bolsa de caramelos. Ese día a don Antonio le tocó hacer de "ratoncito Pérez".


 




Hace ya unas horas que fuimos, con su cadáver, donde la espe­ranza agrieta, gozosamente casi, nuestra orfandad. Porque la muerte de Antonio Magariños es para los que hemos pasado como profeso­res o alumnos por las aulas del Instituto Ramiro de Maeztu una mu­tilación dolorosa y solidaria. Yo me hice, como quien dice, a su lado, junto a este humilde, prodigioso alfarero de hombres, este manirroto de Dios que durante veinticinco años se propuso dar —me consta que sólo por amor de Dios y de su España— un sentido integrador y tras­cendente a nuestras vidas.

Por lograrlo renunció a todo. Yo soy testigo de cómo hasta disi­mulaba su profunda sabiduría humanística, lo mismo que disimuló siempre el inmenso, increíble y constante holocausto de su salud por que no le impidiéramos reducir su jornada de pionero humilde y ne­cesario, vivida con un júbilo realmente estremecedor. A las siete de la mañana estaba ya en la iglesia con "los chicos", como él decía, y a las once de la noche, cuando ellos descansaban, él se entregaba al estudio con humilde avidez y una ilusión que sólo podía compren­derse medida a escala sobrenatural. Porque don Antonio era cons­ciente de que desde algún tiempo acá venía muriendo intensamente entre nosotros. Un día me dijo exactamente estas palabras: "Créame que el único miedo que tenga a envejecer es si con ello dejara de comprender a mis hijos."

Ellos, sus hijos, se apiñaban ayer, con la madre, y nosotros con ella, donde la esperanza asume este desgarro solidario con que nos marca su muerte humilde y ejemplar. Algo palpitaba en nosotros es­tremeciéndonos con su misma pedagógica avidez estimulante. Fué tal su entrega a la enseñanza, que realmente no tenía tiempo para mo­rir. Yo pensaba ayer en la delicadeza de Dios para con él llamándole justo en vacaciones y en el momento en que su obra había madu­rado suficientemente ya, porque la ilusión última a la que venía en­tregado encarnizadamente es también una realidad palpitante y efi­caz. Se propuso hace unos años que los obreros tuvieran acceso, masivamente, al bachillerato universitario, y lo logró. Yo vi más de una vez cómo se humedecían sus ojos conforme, al anochecer, se llenaba su Instituto de hombres con "mono", y cómo contenía el mirar para refugiarse, de pronto, en la capilla. Ellos, sus obreros, estaban también allí, solidariamente apiñados, con nosotros, sopor­tando la pesadumbre jubilosa de una vida fecunda, inabarcable y, sin embargo, calladamente humilde y ejemplar.

Alfonso ALBALA (Publicado en "Ya")





 PROYECTO DE ESTATUA


Don Luis Ortiz nos ha informado de un proyecto aprobado en el Claustro de profesores: poner una lápida con el ros­tro de don Antonio en relieve. De acuer­do con esto se han realizado gestiones con Francisco Barón, ex alumno del Ra­miro y escultor, ya de merecida fama. Conoció mucho a don Antonio y ya rea­lizó, hace doce o trece años, un busto suyo para que lo instalara en su despa­cho. La idea de perpetuar así el rostro al que estábamos tan acostumbrados le pareció bien a Barón, pero pensó, con la libertad que para ello le daba don Luis, que tal vez un relieve en una lá­pida fuera algo frío. El sitio de su co­locación, en su opinión, es también de gran importancia. Don Luis duda y prefiere oír también nuestra opinión. Para poderos informar con detalle hemos hablado con Barón y nos ha expuesto su idea. El quiere que lo que se ha de hacer nos recuerde vi­vamente a don Antonio. Para ello cree que lo mejor no es una lápida sino una estatua en bronce de tamaño natural, de medio cuerpo por lo menos. Y, desde luego, en una actitud muy característica, un gesto que nos reflejara a don Anto­nio lleno de vida. El lugar de su colocación sería el ves­tíbulo del nuevo Gimnasio Polideportivo. Y piensa que la escultura debe estar a una altura pequeña, de manera que no sobresaliera casi nada con respecto a las cabezas de un remolino de gente. "Que cuando el vestíbulo esté lleno, nos produzca la impresión de que está allí" nos ha dicho.



DON ANTONIO MAGARIÑOS Y EL NOCTURNO




Quien haya tenido la. suerte de conversar con Don Antonio Magariños, recibir sus en­señanzas o leer sus obras, habrá podido com­probar el gran ingenio de que estaba dotado. Don Antonio era ingenioso, es decir, poseía la ocurrencía, la originalidad, el don, de ver siempre algo nuevo en una cosa muy antigua o muy actual, abarcando así la vida toda. Tenía, sin duda, temperamento, carácter, "ge­nio". Este ingenio suyo, tan necesario para un verdadero filólogo, brilla especialmente en sus obras de investigación sobre la literatura y el pensamiento de Roma. Sin embargo, en una entrevista concedida hace unos años a DECA­DA, al preguntársele si se dedicó al latín por vocación o por las circunstancias, don An­tonio respondió que "por las circunstancias," luego ocurrió lo de "fac ut voceris de San Pablo". Este "haz que seas llamado" nos pue­de dar la clave de muchos aspectos en la vida de don Antonio Magariños, pero en principio asombra ver el talento que derrochó en esa actividad científica a la que no se sentía especialmente inclinado, pero en la cual se re­veló su enorme talla intelectual. Por ello, ha­cen sonreír sus humildes palabras en la misma entrevista, cuando dice que, científicamente, sólo trabajó en la Filología Latina porque era "incapaz de otra cosa", lo cual muestra, por otra parte, que había conseguido, en efecto, sentirse "llamado".

Estamos, pues, en este momento, ante un hombre de excepcional valía profesional, gra­cias a una vocación "trabajada", no gratuita­mente recibida, y con seguro éxito en su cam­po, pues su inteligencia se caracterizaba, además, por ser fecunda, no como la de cier­tas cabezas privilegiadas que exhiben su ta­lento y su sabiduría como una fronda exube­rante donde inútilmente se buscarán frutos.

Pero don Antonio no era sólo ingenioso, sino también, y más todavía, un caballero cristiano, un verdadero hidalgo. Un Ingenioso Hidalgo. Y un hombre así no podía limitarse a una actividad intelectual o científica, más bien fría y alejada de los hombres, por noble e importante que fuera. Se entrega a la ense­ñanza en cuerpo y alma, con dedicación apos­tólica, y aún así su ingenio sigue produciendo cosas admirables, porque cada día encuentra un rato para continuar estudiando sus temas predilectos. No es bastante. Este equilibrio tan difícil y tan bien conseguido por don Antonio entre la actividad directa y la inves­tigación humanista, ha de romperse, precisa­mente por lo que tiene de equilibrio, de estar entre dos cosas. Hay que elegir, porque, en el fondo, no se puede servir del todo a los dos amos. Y don Antonio, que era discípulo de Cristo, escogió definitivamente el único ca­mino que podía: el más duro.

Si nuestro hombre hubiera vivido en los tiempos en que los caballeros se echaban a andar por el mundo, sin duda habría elegido como lema la frase, tan entrañable para él, escrita por Cicerón en las Tusculanas: "errare malo cum Platone". "Prefiero equivocarme con Platón". Cicerón prefiere equivocarse, tal vez, con la filosofía platónica, porque ésta es optimista, admite la inmortalidad del alma y tiene fondo indudablemente sano y honrado, antes de "acertar" siguiendo sistemas más ra­cionales, pero más faltos de vitalidad. De cierto, don Antonio tuvo presente el dicho ciceroniano, que circula en sus obras y en sus conversaciones y que tan asimilado tenía, cuando se presentó la posibilidad de crear los Nocturnos. En un mundo razonable, prefi­rió "equivocarse" con los Nocturnos más bien que "acertar" con el hermoso equilibrio al­canzado. Desde el punto de vista profesional, el Nocturno era un fallo. Las tres horas dia­rias que le dedicó durante los últimos trece años de su vida fueron robadas al descanso y al rato de estudio que mantenía en funcio­namiento su vena científica. En ese período, el ingenio de nuestro hidalgo alumbrará, en cambio, las noches del Maeztu, y sólo pro­ducirá ya esporádicos, aunque siempre bri­llantes destellos en el campo de la investiga­ción, hasta días antes de su muerte. En sus últimos años, agotado por la enfermedad y disminuido en todos sus quehaceres, excepto en el Nocturno, recordaba sus tiempos de en­trega al estudio y se consideraba superado por los nuevos investigadores. No era del todo cierto. Dominaba como nadie ciertos aspectos del Mundo Clásico, porque había aprendido a vivirlos, cosa que ninguna preparación pura­mente libresca puede aventajar. Precisamente por ello, por esa vivencia de un ideal humano iluminado por una espiritualidad cristiana, hizo don Antonio la elección más importante de su vida, a juzgar por los resultados. Los Nocturnos son su obra más hermosa y per­fecta, porque en ella el ingenio se ha hecho vida y espíritu de entrega, revelándose inmen­samente más fecundo que en el estudio de los clásicos. A fin de cuentas, había elegido la mejor parte, que no le puede ser quitada.

No hemos pretendido hacer un balance so­bre el Nocturno, cuyos frutos, además, son de todos conocidos, con los miles de estudian­tes trabajadores de todas las edades y profe­siones que, elevando sus vidas con el paso por las aulas, prosiguen su marcha hacia la Universidad Nocturna, el último sueño de don Antonio Magariños. Hemos tratado más bien de mostrar las maravillosas razones que le dieron vida, con la esperanza de ayudar a transmitir la mejor lección de este genial hidalgo, cuya humildad sobrepasaba, con mu­cho a su ingenio.


E. GARCIA RUIZ



UN ALUMNO DEL 'NOCTURNO'




Lo que os voy a contar os lo puede explicar cualquier alumno del Nocturno. Variarán los detalles; lo esencial, estoy seguro, será siempre lo mismo.

Este año haré quinto en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid. A los dieciocho años, con el bachillerato a medias, cuadraba cuentas corrientes en una oficina.

Un día me enteré que en el Ramiro de Maeztu se podía estudiar bachillerato por la noche. Me ma­triculé en sexto. ¡Qué dos años más extraordinarios pasé en el Nocturno!

Allí me encontré con unos compañeros ilusiona­dos que estudiaban para pasar a la Universidad, para encontrar un empleo mejor, para, en una palabra, encontrar el puesto al que se sentían llamados y en el que podrían rendir al máximo y derrochar sus energías con alegría clara y esperanzada.

Aquel año, sexto curso lo formaban unos noventa alumnos de Ciencias, y en Letras éramos quince o dieciséis. La mitad de mis compañeros de Letras habían comenzado a estudiar en el Nocturno el mis­mo año que empezó a funcionar, y nos decían con orgullo que eran los "fundadores". Al poco tiempo de llegar, charlando con uno de ellos, recuerdo que me dijo:

-Don Antonio es el que ha fundado el Nocturno. Al principio nos daban gratis todo el material es­colar y también la cena. Luego, dicen que el Mi­nisterio votó menos fondos y esto desapareció. Don Antonio se llevó un gran disgusto. Desde luego, si no fuera por él, esto se había ido a rodar más de una vez. Tú acabas de llegar y no sabes aún todo lo que vale y lo que nos quiere. Ya le irás cono­ciendo.
                                                   
Así fué. Estudié con don Antonio sexto y "Preu". Sus clases fueron todas y cada una un chorro de alegría y optimismo. Con don Antonio no había dificultad grande, y el cansancio de ocho horas de trabajo desaparecía al verle cuando llegábamos al Instituto o al entrar en clase y saber que él iba a llegar dentro de unos minutos. Y don Antonio nos exigía, con una dulzura suave y varonil, pero nos exigía; aunque nadie mejor que él conocía el ho­rario de nuestra jornada laboral, las tres horas en el Instituto y un viaje de vuelta a casa generalmente largo. Y recuerdo cómo todos nos traíamos apren­dida la traducción hecha el día anterior y diez líneas más, traducidas o, por lo menos, buscadas las pa­labras. Y es que no nos importaba que nos exigiera, porque veíamos que él lo hacía consigo mismo más, muchísimo más que cualquiera de los que le rodeá­bamos, ya que todos sabíamos que tenía una fami­lia numerosa, una jornada dura en el Diurno, que era Director del Internado, que era el que más tra­bajaba en el Nocturno y que aún... sabía buscar un rato para otras actividades.

Recuerdo cómo nos familiarizaba con César, Ci­cerón o Tito Livio; con qué paciencia y claridad nos explicaba los giros latinos, qué comparaciones y ejemplos tan sabrosos nos ponía. Y recuerdo, sí, recuerdo con estremecimiento aquellos instantes en que permanecíamos clavados en nuestros asientos, con la mirada fija en él, porque había detenido su explicación y respiraba espaciadamente y con fatiga, sin poder hablar. Al poco nos decía con una son­risa:

—Tengo un corazón que es una patata, y tan tra­vieso que de vez en cuando se empeña en dejarme mal delante de vosotros.

Y continuaba la clase como si nada hubiera pa­sado. Pero las clases no solamente eran de Latín. Hablábamos con don Antonio de mil cosas, del úl­timo partido de fútbol o baloncesto, de los proyec­tos que teníamos cada uno, de chicas, sí, también de chicas. Y a este respecto recuerdo que una no­che, como si fuera uno más, nos contó con exqui­sita delicadeza y sencillez de enamorado cómo había conocido a su señora y se habían comprendido, y cómo desde entonces no habían sido sino el uno para el otro, y que si no fuera por el amor y la comprensión que encontraba todos los días en su hogar, él no podría hacer ni la mitad de lo hacía. Durante estas conversaciones, uno de los temas fa­voritos de don Antonio era que no nos dejáramos vencer ni por la rutina ni por el conformismo y que las dificultades económicas no son nunca un obs­táculo insalvable. Y nos decía:

—Yo también tuve dificultades para estudiar. Hice la carrera por libre, porque daba clases en un co­legio. Y aquí me tenéis. No me digáis que vosotros no podéis hacer lo mismo y más.

Y ayudándonos siempre a buscar una solución, don Antonio organizaba todos los años una rifa para que nos pudiéramos pagar la matrícula con la venta de los boletos. Luego me he enterado de los equilibrios que tenía que hacer para adquirir el café que Petra nos daba en la cafetería a dos reales la taza.

Así os podría seguir contando muchas cosas de don Antonio y el Nocturno. Acabaré con una en la que me tocó participar. A don Antonio no le gus­taba que perdiéramos ninguna clase. Un día, al lle­gar al Instituto, me mandó llamar. Estaba enfermo. Me indicó que me sentara junto a su cama y que le leyera la traducción. Después de corregírmela, dijo:

—Di a los chicos que hoy no puedo ir porque me encuentro mal. Que estudien mucho y que por nada del mundo quiero que me perdáis una clase.

Don Antonio, todos los alumnos del Nocturno sabemos cuánto nos quería. Sabemos que usted quemó su vida más rápidamente a causa de nos­otros. Sabemos que a usted no le importaba que vi­niéramos al Instituto con las ropas del trabajo, con zapatos o con playeras, con corbata o sin ella. Que lo único que le importaba era sacar a flote lo bueno que hubiera en nuestro corazón o en nuestra ca­beza. Por eso queremos decirle que no le olvidare­mos jamás, que usted es nuestro ejemplo a seguir, que usted grabó día tras día en nuestro corazón lo que es la honradez y la justicia, que lucharemos para que su último proyecto —la Universidad Noc­turna— sea una realidad.

A. VERDE IRISARRI




MAESTRO Y HOMBRE



Hace veintidós años que llegaba yo al Ins­tituto Ramiro de Maeztu para estudiar mi segundo año de bachiller. En seguida me di cuenta de la existencia, existencia clave para el centro, de D. Antonio Magariños.

Don Antonio era el profesor encargado de mantener el orden y la disciplina, el hombre todo voluntad y entrega y también el encar­gado de imponer los castigos en los recreos de los sábados. Este puesto, que aparente­mente es tan ingrato, él, con su personalidad, humanidad y justicia, consiguió que fuera res­petado y admirado.

  Además, D. Antonio daba sus clases de Latín, y en ellas también fué catedrático mío. Estos títulos que van saliendo a medida que redactamos estas líneas, de Profesor, Jefe de Estudios, Catedrático, hubieran sido, y son muchas veces, suficientes para envanecer, a muchas personas. A D. Antonio no le ocurrió esto, y no le pasaba así porque él era mucho más que todo esto, él era todo un maestro, de los pocos que encontramos en nuestra vida.

 Un maestro no se limita a exponer las lec­ciones, a dar sus clases, a mantener la disci­plina, sino que es algo más, es mucho más, es todo esto y además un hombre que se preo­cupa, que quiere, que comprende los proble­mas de sus alumnos, que sufre y goza con las tristezas y las alegrías de ellos.

 Así era don Antonio, y por eso su corazón empezó a que­jarse cuando, joven todavía en edad crono­lógica, era, sin embargo, un gran pozo en el que se amontonaban las sensaciones de tantos y tantos como fuimos sus alumnos. Yo recuer­do que en aquel examen de Estado que en­tonces sufríamos, en aquellos muros y pasi­llos del viejo caserón de la calle de San Bernardo, durante la mañana y la tarde de los días que duró nuestro examen, siempre tuvimos a mano el consejo y el cariño de ese hombre que todos hemos llorado, de ese au­téntico maestro.

 Después, una vez acabados nuestros estu­dios en el Instituto, hemos seguido en contacto con él durante los muchos años que ocupamos la Presidencia de los Antiguos Alumnos. Durante estos años hemos conocido la otra faceta destacada para nosotros de don Antonio —¡siempre D. Antonio, como todos cariñosamente le llamábamos y llamamos!-—, y esta otra gran virtud era su hombría de bien.

   En estos años, sin aulas por medio, nuestra admiración hacia él se unió a nuestro cariño y amistad; amistad, y cariño que él devolvía con el ciento por uno. Siempre con su con­sejo, con su ayuda y con su amor hacia los alumnos y hacia el propio Instituto, ya que ambos juntamente con su familia y su voca­ción llenaron toda su vida.

  Él sabe bien cuántas veces nos aconsejaba; seguir en la brecha, luchar por el Instituto, luchar para conseguir la unión de todos los antiguos alumnos, unión que sólo él lograba cuando se realizaba algún acto en su honor, pues, no tenéis que acordaros más que de "su cena", la "cena de Don Antonio", como que­dó definida para siempre. Esto lo conseguía él y sólo él por haber logrado hermanar en su persona y en su acción la condición de maes­tro y de hombre.

  Recuerdo que ya fallecido se llenó su casa de personalidades que iban a darle el último adiós y el último tributo de su admiración, pero estoy seguro de que nada hubiera cam­biado por aquel acto explosivo de la iglesia de San Agustín, donde se vertió definitivamente el cariño de todos sus alumnos, que otra vez había conseguido reunir, y donde se hablaba, se admiraba y se rezaba por todo un hombre y todo un maestro, hombre y maestro que para toda nuestra vida se define con dos palabras: Antonio Magariños.

  Miguel SAÉZ DE PIPAON
Expresidente de la A.A.A.




ESTUDIANTES











Don antonio haciendo entrega de los trofeos a los vencedores de la Copa Tritones, Mera y Fraile. Detrás Paco Hernández (Entrenador del Estudiantes), Francisco Sánchez de Frutos (Directivo del Estudiantes) y Manuel Cavido (Manolo).


En la revista que el Estudian­tes Club publicó con motivo de haber alcanzado el título de Campeón de Castilla, allá por el año 1955, don Antonio escribió unas líneas llenas de buen hu­mor, que ahora tenemos el gus­to de reproducir.

"Un estadio parecido al de Bernabéu, pero en grande, pro­metía yo hace cinco años a nuestro buen protector don Do­mingo Sánchez cuando él, con maravillosas artes, conseguía de la generosidad de un ex alum­no, Luis Sánchez, nuestro pri­mer campo, digno de un prime­ra. En él vienen a caber unas 1.500 personas. Hay que reco­nocer que todavía nos queda un poco; pero uno, que ya es vie­jo, ha conocido los viejos cam­pos de la Gimnástica, del Rácing; ha oído hablar también del solar del Madrid en Narváez, y en vista de ello, uno, que más bien es pesimista, se echa a pensar en nuestro avión particular para trasladarnos los viernes a jugar los partidos de la Liga Atlántica, un domingo contra el Gimnasia y Esgrima, otro contra el equipo de la Uni­versidad de Yole (exactamente, a sesenta minutos de viaje); y en medio de negras nubes del más desolado pesimismo, uno continúa pensando en Laborde, secretario técnico (60.000 duros mensuales de sueldo, dietas y viajes aparte), tomando el su­persónico de las tres y media para pisar el fichaje de un ne­gro (medio millón de dólares anuales, primas y chicle aparte) a los ancianos del Globe Trotter de Harlem, que quieren re­mozarse después de la derrota sufrida frente al equipo reserva del Estudiantes (tanteo, 97-56; se falló en el último momento una personal doble y una técni­ca. ¡Qué lástima!)

    Pero todo esto, que sucederá a la vuelta de unos quince años, no impedirá que nos pongamos serios para pensar un poco emocionadillos en este año feliz de 1955, en que nos ha parecido un mundo haber llegado a cumplir nuestra modesta ilusión de ser campeones de Castilla en medio de la ronca hinchada de los 'nuestros' del Ramiro".

Antonio MAGARIÑOS. 


EDUCADOR EN LA JUSTICIA


 
Recordando aquellos años del Ramiro en las conversaciones con aquellos que de una forma u otra trataron con D. Antonio, surgen inmediatamente aque­llos datos a los que entonces ninguno dimos importancia y que ahora, sin embargo, apare­cen llenos de significado y co­mo fieles espejos del hondo hu­manismo del Señor Magariños.

Si quisiéramos expresar en un calificativo de virtud de nuestro gran maestro, ése no podría ser otro que el de justo. Don Antonio fué un hombre justo, con toda la significación que tal expresión tiene en el lenguaje bíblico. De San José, esposo de María, dice Lucas que era justo.

   ¿Quién de nosotros no re­cuerda su sentido del deber, auténticamente ejemplar? Sen­tido del deber que por ser pri­mera y fundamentalmente hu­mano conducía irremisiblemente a la comprensión y el acata­miento del deber religioso; si­guiendo así un orden cronoló­gico y correcto y haciendo ver que el invertir los términos o el escudarse en el cumplimiento de la obligación religiosa para esquivar los deberes sociales y humanos, no supone otra cosa que una nueva forma de conducta farisaica. En este sentido recordamos algunos de sus alumnos de Latín la indignación que mostró D. Antonio cuando presentaron como disculpa de haber llegado tarde a clase el haber estado trabajando con el padre Granda.

 Todos los que conocimos a don Antonio Magariños como Jefe de Estudios recordamos aquellos "terribles" sobres y car­tas. ¡Qué pocas veces (yo diría que ninguna) hemos creído se­riamente que alguna de estas sanciones era arbitraria! Porque don Antonio nunca sentenciaba sin haber oído previamente to­das las razones del sancionado. Y en ninguna ocasión tuvo obs­táculos para retirar la sanción si ésta resultaba manifiestamen­te injusta. Y lo hacía sin impor­tarle el que quizás se viera me­noscabada su autoridad. Y pre­cisamente así (¡humano miste­rio!) era como el respeto y la veneración por su persona fué creciendo día a día entre nos­otros.

Nuestro agradecimiento, pues, se dirige hacia aquel que supo encauzar nuestra educación por los caminos de la sinceridad y de la autorresponsabilidad. En este aspecto es curioso el pro­cedimiento que seguía D. Antonio para formarnos en la plaza del Caudillo.

Este hombre recto, afable, comprensivo, justo, es el don Antonio que cualquiera de nos­otros ha conocido. Un hombre totalmente entregado a su voca­ción, su gran vocación de edu­cador. La educación que nos in­culcó D. Antonio tenía el matiz que etimológicamente posee esa palabra; era un "educere", un "guiar a partir de"; a partir del criterio, en primer lugar; del ejemplo, después.

Ciertamente que, ante la muerte de este gran hombre, no podemos menos que reflexionar sobre la deuda que tenemos con él, con su recuerdo, con su cri­terio.

Tengo miedo de que tratan­do, como lo estoy haciendo, de esbozar los grandes rasgos de la personalidad de D. Antonio, crea haber encuadrado su espí­ritu en unas pobres palabras.

Me parece que debemos aho­ra hacer mención de la faceta de D. Antonio como catedráti­co; como catedrático competen­te en su materia, entusiasmado con la misma. Pero no podemos, perder de vista que esta su profesión no fué para él un fin, sino que estaba en función de su vocación. Su vocación, ya lo hemos dicho, fué la de educa­dor, y de educador en un Insti­tuto, concretamente en el Ra­miro, donde por designio provi­dencial, sin duda, había sido puesto. Su puesto estaba en el Ramiro, en el Ramiro se quedó y en el Ramiro ha muerto.

  ¡Quiera Dios que todos cuan­tos de una manera o de otra recibimos su enseñanza, sepa­mos captar el hondo mensaje que nos transmitió, mensaje de justicia, mensaje de amor, men­saje cristiano!

 Gracias a él, pues, que supo conducirnos por el camino del bien en esa época difícil del ba­chillerato, en que, al percibir los atractivos de la independencia de pensamiento y de conducta respecto a los criterios que se nos dan desde fuera, corremos evidentes peligros de desviacionismo.

 Seguros, pues, de que el Se­ñor acoge a todo aquel que per­feccionando el mundo y las criaturas que El creó, contribu­ye a la realización del Reino de los Cielos ya en esta tierra, oremos para que sepamos cap­tar en lo más profundo el men­saje y la obra de D. Antonio Magariños, nuestro gran maes­tro Descanse en paz.

Joaquín Mª DE LA INFIESTA




Estas dos fotos corresponden al acto de la entrega a D. Antonio de la Gran Cruz de Alfonso el Sabio


DESPEDIDA



DECADA se despide así de don Antonio, con palabras suyas llenas de buen humor, porque su marcha no es única­mente motivo de tristeza. El ha cumplido su cometido, el más noble. Decir que ha dejado su vida entre nosotros, sus alumnos, es una verdad, porque su vida la tenemos asimi­lada. A unos más y a otros menos,  pero a todos nos ha dado cuenta de su devoción al cumplimiento del deber y del amor que nos ha tenido.

Pensamos en lo que se nos ha ido, ¡pero lo que nos ha dejado es tan grande! Como él dice, su misión nunca tuvo rasgos que reclamaran perpetuidad. Quizá. Pero ninguna misión reclama por sí rasgos de perpetuidad; ésta viene sola cuando se deja detrás tan gran cantidad de amigos, de acree­dores espirituales.

Aunque sólo sea por su ejemplo, ni siquiera el trato personal, ya le debemos con ello el haber conocido una vida con optimismo y amor, una vida con don Antonio. Por eso somos sus acreedores tristes, pero contentos.




18 comentarios:

  1. Pues como antiguo alumno y conocedor de D. Antonio y su obra, me agrada notablemente que se abra esta página

    ResponderEliminar
  2. Las irregularidades que podéis apreciar en el interlineado, así como alguna palabra mal escrita que nos haya podido pasar inadvertida. se deben a que el texto original figuraba en un archivo .pdf. Lo hemos convertido a .doc mediante una herramienta especializada, la cual resuelve la mayoría de los problemas, aunque no puede con todos. Luego, tras 'subir' los textos, vemos donde tenía sus límites, si bien, y por desgracia, no tenemos forma de superarlos.

    Los del Ramiro

    ResponderEliminar
  3. Alfonso, es un trabajo de diez. Me parece que esta página de entrada no podía faltar y os felicito de corazón. Abzs.

    ResponderEliminar
  4. Enhorabuena, Alfonso por el excelente trabajo. Como dice Vicente, no podía faltar esta página.

    A Don Antonio, muchos le tuvimos de profesor; para mí era extraordinario; quizá, demasiado perfeccionista, pero excelente. Como Jefe de Estudios, llevó al Instituto a ser considerado MODELO en todo el país, mas para mí, su grandeza residía en su SER HUMANO. Recto hasta las últimas consecuencias, aunque, sobre todo, humilde, pues nunca le gustaron los honores -siempre eran para otros- y, si se equivocaba en algo, lo reconocía y RECTIFICABA si era preciso. Eso le hizo aún MÁS GRANDE.
    Allá donde esté, Don Antonio, GRACIAS desde el corazón.

    Rafael Gª-Fojeda, 11-Mayo-2012

    ResponderEliminar
  5. Trabajo perfecto. Un gran recuerdo de un Gran Hombre

    ResponderEliminar
  6. No fue mi profesor (tuve a Pagola en 3º y a Brañas en 4º) y, por tanto, no pude disfrutar de la categoría docente que tanto ensalzáis. En cambio sí lo sufrí como rector del internado, para mí fue más traganiños.

    ResponderEliminar
  7. Está muy bien esto de recordar nuestros tiempos jóvenes. Se nota la época de la hagiografía "guerra de liberación" catolicismo acendrado, etc. Yo era interno y tengo alguna anécdota que escribiré en otro comentario. Ahora quería hacer un aclaración a las fotos de D. Antonio entregando los trofeos del Torneo de Primavera del curso 63-64. Ese torneo lo jugaban los infantiles de primer año, con nombres como Tiburones, Tritones, Halcones, y otros animales. Ese curso lo ganó el Tritones, que entrenaba Javier (Javierote) Magariños, y algunos jugadores eran J. Calvete, F. García Burillo, L.M. Gil Peral, E. Mera y otros. Subcampeón fue el equipo de Fraile ¿Tiburones?. En la foto del medio recoge la copa de ganadores E. Mera, y en la de abajo Fraile la de 2º.

    ResponderEliminar
  8. Don Antonio fue, por encima de todo, un ser humano excepcional, un padre, al que sus numerosos hijos biológicos le parecían poco, y no conformándose con ellos, prohijó a todos sus alumnos, entregándoles todo su amor e inculcando en ellos un espíritu de sacrificio, estudio y trabajo, que nos empujó a lo largo de nuestra vida para buscar el conocimiento y el progreso que nos ha ayudado a vivir mejor. QUÉ GRAN MAESTRO TUVIMOS EN ÉL.
    Agustín DÍAZ QUINTANA, alumno del nocturno 1959 a 1965.

    ResponderEliminar
  9. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Dado que no tienes la gallardía de decir quien eres, te responderé diciéndote que eres la primera persona que encuentro que no tiene un buen recuerdo de don Antonio. Lo que significa que eres la excepción que confirma la regla de todos los aquí firmantes como deudos de la educación de don Antonio.
      Si quieres que se mantenga tu comentario en este blog deberás decir quien eres o de lo contrario, en base a tu cobardía de esconderte en el anonimato, se borrará tu comentario del mismo.

      Eliminar
  10. Lo de la "Formación de mandos en Alemania" me espanta. No es de extrañar que eliminaran a millones de seres humanos sin el menor remordimiento. Para mí la figura de D. Antonio era polivalente (espero no incomodar a sus incondicionales hagiógrafos).
    Como docente solamente tuve la oportunidad de asistir a una clase que dio en la Sala de Música y realmente fue excelente. Asimismo su empeño y dedicación a los Estudios Nocturnos es digna de elogio y admiración.
    La relación con él cuando deambulaba por el Instituto, era afable y cordial.
    Ahora bien, cuando cogía el megáfono (en nuestros primeros años era de hojalata o latón) o la pluma para el sobre&carta, se transformaba en un ser autoritario y cuasi militar (muchas veces pensé que nos debían haber convalidado meses del servicio militar).
    Se desprende que todos tenemos una personalidad poliédrica como diría José Luis Garci.

    ResponderEliminar
  11. En verdad, es una página magnífica. Era de justicia dedicar algo así al ALMA del Instituto. Tendría sus fallos -como todos- pero siempre fue hombre de ley y ésa es la enseñanza mejor que nos dio y por la que, siempre que hablo de él lo procuro hacer con respeto y con mucho afecto.

    ResponderEliminar
  12. Creo, que como dice alguien más arriba. D.Antonio era hijo de su tiempo y creo que más que la política lo que marcaba su carácter era su religiosidad, era muy religioso, y eso posiblemente le llevaba a ser muy estricto, seguramente demasiado. Yo no le tuve como profesor pero si le "sufrí" en el internado y puedo hablar con cierto conocimiento de causa. Pero junto a su rigidez, puedo decir que era muy humano y me atrevería a decir que sentía verdadero afecto por "sus" internos y puedo contar una anécdota personal. Tuve una especie de eccema en la cabeza y un dermatólogo me recetó un producto para dármelo por la noche y tenía que lavarme la cabeza por la mañana con agua caliente, como en el internado no había agua caliente fui a la enfermería en la que tenían calentador, pero me dijeron que como no era cosa de ellos no podía lavarme la cabeza allí, así que fui a hablar con D. Antonio y explicarle el caso. Me dijo que la mañana siguiente fuera a su casa, que estaba en un extremo del internado al final de un largo pasillo, y así lo hice. Salió él en persona, con su batín de cachemir y con una jarra metálica llena de agua hirviendo. Y durante los 15 o 20 días que duró el tratamiento todos los días él o su mujer me dieron la jarra de agua para que pudiera lavarme la cabeza. Creo que esto refleja bastante bien cual era su forma de ser; muy estricto y a la vez preocupado por sus alumnos.

    ResponderEliminar
  13. Creo, que como dice alguien más arriba. D.Antonio era hijo de su tiempo y creo que más que la política lo que marcaba su carácter era su religiosidad, era muy religioso, y eso posiblemente le llevaba a ser muy estricto, seguramente demasiado. Yo no le tuve como profesor pero si le "sufrí" en el internado y puedo hablar con cierto conocimiento de causa. Pero junto a su rigidez, puedo decir que era muy humano y me atrevería a decir que sentía verdadero afecto por "sus" internos y puedo contar una anécdota personal. Tuve una especie de eccema en la cabeza y un dermatólogo me recetó un producto para dármelo por la noche y tenía que lavarme la cabeza por la mañana con agua caliente, como en el internado no había agua caliente fui a la enfermería en la que tenían calentador, pero me dijeron que como no era cosa de ellos no podía lavarme la cabeza allí, así que fui a hablar con D. Antonio y explicarle el caso. Me dijo que la mañana siguiente fuera a su casa, que estaba en un extremo del internado al final de un largo pasillo, y así lo hice. Salió él en persona, con su batín de cachemir y con una jarra metálica llena de agua hirviendo. Y durante los 15 o 20 días que duró el tratamiento todos los días él o su mujer me dieron la jarra de agua para que pudiera lavarme la cabeza. Creo que esto refleja bastante bien cual era su forma de ser; muy estricto y a la vez preocupado por sus alumnos.

    ResponderEliminar
  14. Alfonso Anderiz Cebrian2 de febrero de 2016, 17:09

    Yo pasé por el Ramiro desde 1949 hasta 1960, desde Párvulos C en la Prepa con el Sr Moneo, hasta Preuniversitario (o ya se llamó COU?) con el Sr Oliver y el Sr Royo. De todos esos años guardo un extraordinario recuerdo, de amigos (promociónes 59 y 60), compañeros, Estudiantes (desde Laborde, Abreu, Diaz Miguel hasta los Ramos, Pinone, Azofra, Russell) y profesores. Y, sobre todo, de Don Antonio que, a pesar de haber sufrido alguno de sus "sobre y carta" y sus "domingos de 6 a 9", fue para mi una gran maestro, un extraordinario profesor y una gran persona. Por eso me carcajeo un poco de algún escrito en el que se le trata de pintar de simpatizante de los cuarenta germánicos.

    ResponderEliminar
  15. Ya han pasado 4 años por esta página y continúa estando vigente su contenido.

    El próximo 4 de abril hará ya 50 años que D. Antonio nos dejó.

    Así como yo no le conocí en su faceta de enseñante, si que se me grabó de por vida el educador.

    Para mi era un hombre recto y así nos quería. Por ello la más mínima falta era castigada con "sobre y carta". Alguna me escribió. Se quitaba las gafas en su pequeño despacho y mirándote fijamente te decía: ¿Que has hecho?. Pues yo creo que nada le respondía y él escribía unas líneas a mi padre diciéndole que me portara mejor. Así ya andaba con pies de plomo para no volver a su despacho otra vez.

    Como todo gran hombre tuvo a mi juicio sus luces y sus sombras. Me reafirmo en que su figura solo puede ser comprendida enmarcándola en su época.

    Hoy muchos le recordamos y creo que su recuerdo pervivirá aún muchos años en su Instituto "El Ramiro" y en su Club "El Estudiantes".

    ResponderEliminar
  16. D. Antonio familiar.

    La faceta de D. Antonio en familia, no la he conocido. Sabíamos que vivía en el Internado, pero poca cosa más. Si acaso que una hija suya se llamaba Mª Ignacia y asistía alguna vez a las sesiones de cine de los Sábados por la tarde, junto con otras muchachas.

    Por una persona que vivió muchos años en vecindad con él, me he enterado de que tuvo siete hijos, de los cuales solo dos viven actualmente y en no muy buen estado de salud. (Milé y Mª Ignacia). Ocupaba unas habitaciones la familia en la parte de detrás del Internado, en la segunda planta. Paseaba a veces pensativo por el paseo de Pinar con las manos en la espalda. Supongo que con sus hijos era menos severo que con nosotros. Yo solo pude hablar con Jesusito cuanto estaba en el Servicio Militar y en casa nunca le pareció severo.

    Dª Pilar, su mujer, era de Cobeña donde tenían una casa. Ama de su casa atendía a D. Antonio y a la prole.

    Sus amigos y vecinos eran González Brañas y Pedro Dellmans. También supongo que hablaba con Francisco Ortiz y Paquita la Enfermera. Me imagino aquel entorno como un pequeño microcosmos donde los temas de conversación serían en general una prolongación de los del Ramiro, que era la fuerza motora de todos.

    Al morir, tras un tiempo, el Padre Mindán ocupó el espacio que la familia dejó.

    ResponderEliminar

Escribe en el recuadro tu comentario.
NO TE OLVIDES DE FIRMAR.
¡ LOS MENSAJES ANÓNIMOS SERÁN BORRADOS !.